Cómo optimizar el suministro de patata fresca en tu negocio

En la mayoría de los negocios de hostelería y restauración, el proceso de compra de patata fresca sigue un patrón más o menos parecido: se llama al proveedor cuando el stock baja, se pide lo que parece suficiente para unos días y se espera a que llegue. Es un sistema que funciona, al menos mientras no aparece ningún problema. Pero hay una brecha entre ese modelo reactivo y uno realmente eficiente, y esa brecha tiene un coste concreto: mermas por deterioro, roturas de stock en momentos de alta demanda, recepciones de producto en condiciones deficientes y una relación con el proveedor que se gestiona con más urgencia que criterio. La logística de patata fresca para el canal Horeca, colectividades y distribución es más compleja de lo que parece desde fuera. No es solo cuestión de que el camión llegue a tiempo. Implica temperatura de transporte, estado del producto en recepción, frecuencia de pedido ajustada al consumo real, capacidad de almacenamiento en el punto de destino y, sobre todo, un proveedor capaz de mantener todos esos parámetros con regularidad. Te ofrecemos una guía práctica para que el responsable de compras, el jefe de cocina o el encargado de aprovisionamiento de un negocio del canal profesional pueda gestionar sus pedidos de patata fresca de forma más eficiente, reduciendo mermas, optimizando el stock y garantizando la calidad del producto en cocina. La temperatura: el parámetro que más se ignora y más importa La patata fresca no es un producto refrigerado en el sentido estricto, pero sí es un alimento sensible a la temperatura y a las condiciones ambientales durante el transporte y el almacenamiento. La temperatura óptima de conservación se sitúa en torno a los 7-10 ºC, y durante el transporte, el rango recomendado está entre 4 y 7 ºC. Lo que ocurre cuando ese rango no se respeta de forma continuada es conocido por cualquier profesional que haya recibido una partida en mal estado: Por encima de 15-18 ºC durante períodos prolongados, la patata inicia el proceso de brotación con mayor rapidez, generando merma operativa en cocina y una ventana de uso más corta. Con humedad excesiva y temperaturas altas, aumenta el riesgo de aparición de moho y podredumbre superficial. Con frío extremo por debajo de 0 ºC, el almidón comienza a convertirse en azúcares, lo que altera el sabor y el comportamiento en fritura, generando un oscurecimiento indeseable en el producto cocinado. El problema real no suele estar en el almacén del proveedor, donde las condiciones son controladas. El problema aparece en la última milla: el tramo final de entrega, que es también el más difícil de controlar y el que más incidencias genera. Un camión que descarga en varios puntos a lo largo de varias horas, sin control de temperatura durante las paradas, puede entregar un producto cuyo historial térmico real no corresponde al que figura en la documentación. Qué debe revisar el comprador en cada recepción Establecer un protocolo de recepción de patata fresca no es burocracia: es la única forma de detectar si hay una incidencia antes de que el producto entre al almacén y se mezcle con el stock anterior. Los puntos que deben revisarse en cada entrega: Temperatura del vehículo en el momento de la descarga: debe estar dentro del rango acordado con el proveedor. Estado visual del producto: presencia de brotes, zonas verdes, golpes o humedad superficial excesiva. Homogeneidad del calibre respecto a la especificación del pedido. Identificación del lote y origen: que figure en la documentación de transporte o en el embalaje. Peso y cantidad: verificar que coincide con el albarán. Frecuencia de pedido: cómo calcular la que se adapta a tu negocio El error más común en la compra de patata fresca El error más extendido en la gestión de aprovisionamiento de patata fresca en hostelería no es comprar demasiado poco, sino comprar demasiado de una sola vez para aprovechar un precio puntual o para evitar quedarse sin producto. La consecuencia es siempre la misma: stock inmovilizado que se deteriora antes de ser usado, merma por deterioro y un coste real por ración más alto del que figura en el escandallo. La patata fresca no es un producto seco que pueda almacenarse durante semanas sin consecuencias. Su vida útil en condiciones adecuadas oscila entre 5 y 15 días, dependiendo de la variedad, el estado del producto y las condiciones del almacén. La fórmula para calcular la frecuencia ideal El cálculo de la frecuencia óptima de pedido se basa en tres variables: Consumo medio semanal: los kilos consumidos en las últimas 3-4 semanas, ajustados por temporalidad. Plazo de entrega del proveedor: las horas o días desde que se hace el pedido hasta que el producto está disponible en cocina. Margen de seguridad: un porcentaje razonable para absorber picos de demanda imprevistos. La regla práctica que funciona en la mayoría de cocinas es pedir 2-3 veces por semana, ajustando la cantidad a 3-4 días de consumo previsto en cada pedido. El modelo just-in-time aplicado a la patata fresca Por qué la patata es el producto ideal para JIT El modelo just-in-time (JIT) plantea que los suministros lleguen en el momento exacto en que se necesitan, en la cantidad precisa y con la mínima acumulación de stock. Aplicado a la distribución de patata fresca para hostelería, tiene una lógica especialmente clara: un restaurante o cocina central que recibe patata fresca con la frecuencia adecuada, en el calibre y variedad correctos, trabaja siempre con el mejor producto posible y sin generar desperdicio por deterioro. El JIT exige al proveedor: Fiabilidad de entrega: cumplimiento consistente de la ventana horaria acordada. Capacidad de respuesta: flexibilidad para ajustar pedidos ante picos de demanda imprevistos. Comunicación proactiva: preaviso ante cualquier cambio de variedad, lote o disponibilidad. JIT vs. stock de seguridad: cuándo combinar los dos modelos La recomendación más sensata para una cocina profesional es combinar ambas lógicas: Pedidos frecuentes y ajustados al consumo real (lógica JIT) para mantener siempre producto fresco y minimizar mermas. Un stock mínimo de seguridad equivalente a 1-2 días de consumo, para absorber imprevistos logísticos. Un proveedor de referencia con acuerdo de suministro estable y un proveedor alternativo identificado
Merma de la patata: el coste que no ves en la factura

Hay un número que muchos profesionales de la hostelería dan por bueno sin cuestionarlo: el precio de compra de la patata por kilo. Sin embargo, ese dato es solo el punto de partida. Lo que realmente impacta en la rentabilidad de un negocio de restauración, un catering o una cocina central es el coste real de la patata por ración útil, es decir, lo que queda después de pelar, limpiar, retirar zonas en mal estado y dar forma al producto para el plato final. Esa diferencia tiene nombre propio: se llama merma. Y en el caso de la patata fresca, es uno de los ingredientes que más varía en función de la variedad, el calibre, el método de preparación y la calidad del producto en origen. Controlarlo no es una cuestión de ahorro puntual: es la diferencia entre saber exactamente cuánto te cuesta un plato o trabajar sobre suposiciones que, tarde o temprano, erosionan el margen del negocio. En FRUSANGAR lo vemos en cada temporada. Cuando un comprador elige la patata únicamente por precio por kilo, a menudo no está eligiendo la opción más económica. Está eligiendo la opción más barata en origen, sin saber cuánto le costará realmente en cocina. Qué es la merma y por qué importa más de lo que parece La definición que todo profesional debería tener clara La merma es la pérdida de peso o de volumen aprovechable de un ingrediente durante las fases de preparación anteriores a su cocinado o servicio. Incluye todo lo que se descarta: la piel al pelar, los ojos, las zonas verdes o con golpes, las partes que quedan como polvo o viruta al cortar y cualquier porción que, por razones de elaboración, no acaba en el plato del cliente. En la gestión de costes de hostelería, la merma tiene dos naturalezas distintas: Merma natural: la que genera el propio producto por su condición de alimento fresco. En la patata, se trata principalmente de la piel, los ojos y las pérdidas por deshidratación o deterioro superficial. Merma operativa: la que introduce el proceso de manipulación en cocina. Depende de la técnica del cocinero, del grosor del pelado, de las decisiones de limpieza y de si la patata va a pelarse o a cocinarse con piel. La suma de ambas determina el rendimiento real del producto: el porcentaje del kilo comprado que efectivamente llega a ser alimento servido. Los porcentajes de merma de la patata: datos reales de cocina Los datos que manejan los profesionales de cocina, contrastados con estudios de rendimiento, sitúan la merma de la patata en los siguientes rangos: Método de preparación Merma estimada Rendimiento aprovechable Pelado completo (peladora industrial) 15-20% 80-85% Pelado completo a mano (cuchillo) 20-30% 70-80% Pelado parcial o con piel 5-10% 90-95% Patata con golpes o zonas verdes Hasta 35%+ Variable Estos porcentajes no son teóricos: son los que se observan en cocinas profesionales reales, y varían de forma significativa en función de tres factores clave: la calidad del producto, la homogeneidad del calibre y el estado de la patata en el momento de la preparación. Una patata de calibre irregular obliga a adaptar continuamente la técnica de pelado y dispara el tiempo de mano de obra. Una patata con zonas verdes o con brotes avanzados puede multiplicar la merma operativa por encima del 30%. Cómo calcular el coste real de la patata por ración La fórmula que convierte el precio de compra en coste útil El escandallo es la herramienta estándar en hostelería para calcular el coste real de un plato ingrediente a ingrediente. Y la patata, por su protagonismo en la gastronomía española, aparece en una proporción altísima de los escandallos que se hacen en cualquier restaurante. La fórmula para calcular el coste real por kilo aprovechable a partir del precio de compra es: Coste real = Precio de compra por kilo ÷ Rendimiento (en tanto por uno) Por ejemplo, si una partida de patata cuesta 0,90 €/kg y tiene una merma del 20%, el rendimiento es del 80%, es decir, 0,80. El cálculo queda así: Coste real = 0,90 € ÷ 0,80 = 1,125 €/kg aprovechable Ese 0,225 € de diferencia por kilo puede parecer poco, pero si una cocina profesional usa 500 kg de patata al mes, la diferencia entre calcular con el precio de compra o con el coste real asciende a 112,50 € mensuales, es decir, más de 1.350 € al año. Una cifra que, proyectada al conjunto de una operación de restauración o catering de volumen, se convierte en un dato que no puede ignorarse. El impacto del calibre en el coste real Uno de los factores que más influyen en el rendimiento de la patata, y que menos se analiza en el momento de la compra, es la homogeneidad del calibre. Cuando el calibre de los tubérculos es irregular, se generan dos tipos de pérdidas que rara vez aparecen en el precio de compra: Mayor tiempo de mano de obra: pelar piezas de tamaño muy distinto requiere ajustar el tiempo y la técnica en cada tubérculo. En una cocina central con producción diaria de cientos de kilos, eso se traduce directamente en horas de personal. Mayor merma proporcional en las piezas pequeñas: la relación entre superficie de piel y volumen interior es menos favorable en las patatas de calibre pequeño. Hay más piel por kilo de patata comprada, y por tanto más pérdida al pelar. Un proveedor que suministra patata con calibre homogéneo y documentado no solo facilita el trabajo en cocina: está entregando un producto con un coste real por ración predecible, que puede incorporarse con exactitud al escandallo. Variedades de patata y su impacto en la merma No todas las variedades se pelan igual La variedad de patata condiciona no solo el comportamiento en cocina, sino también el rendimiento durante la manipulación previa. Algunos factores que dependen directamente de la variedad: Profundidad de los ojos: las variedades con ojos profundos requieren más excavación en el pelado y aumentan
Qué exigir a tu proveedor de patatas

Cuando un comprador profesional de patata fresca cierra un contrato de suministro, no solo firma un precio por kilo. Firma también el comportamiento del producto en su cocina, el resultado en el plato de su cliente y, lo que a veces se olvida, la responsabilidad legal ante una incidencia de seguridad alimentaria. En España, la normativa es clara: la trazabilidad es obligatoria en toda la cadena, y quien no la exige a su proveedor asume un riesgo que, en el peor escenario, puede derivar en una retirada de producto, una inspección o un daño reputacional difícil de reparar. Este artículo está escrito desde el Departamento de I+D de Patatas FRUSANGAR para dar respuesta a una pregunta que escuchamos con frecuencia en conversaciones con compradores del sector retail, Horeca y distribución: ¿qué documentación, certificaciones y garantías debo exigir a mi proveedor de patata? La respuesta no es tan complicada como parece, pero sí requiere entender el marco en el que operamos. El marco legal que ningún comprador puede ignorar El Reglamento 178/2002: la piedra angular de todo La base normativa es el Reglamento (CE) n.º 178/2002 del Parlamento Europeo y del Consejo, conocido como la Ley General de Alimentación de la UE. Este reglamento define la trazabilidad alimentaria como «la posibilidad de encontrar y seguir el rastro, a través de todas las etapas de producción, transformación y distribución, de un alimento». Lo más relevante para el comprador profesional es el principio de «un paso atrás, un paso adelante»: cada operador de la cadena alimentaria debe ser capaz de identificar a sus proveedores inmediatos y a sus clientes inmediatos. Esto es obligatorio desde el 1 de enero de 2005 para todas las empresas alimentarias que operan en la UE, sin excepciones. No es una recomendación de buenas prácticas: es una exigencia legal que en 2026 se refuerza aún más con los nuevos controles digitales impulsados por la normativa europea. Qué información mínima debe circular entre operadores Según la normativa europea, toda transacción de producto alimentario entre empresas debe ir acompañada de la siguiente información mínima: Descripción exacta del producto (variedad, categoría, calibre, formato) Volumen o cantidad del alimento en la remesa Nombre y dirección del operador que expide el producto Nombre y dirección del operador que lo recibe Identificación de la remesa o lote En el caso de productos de origen vegetal: el lugar físico de origen (zona de producción, municipio o región) Si tu proveedor no puede proporcionarte esta información de forma ágil y documentada, está incumpliendo la ley. Y en caso de alerta alimentaria, serás tú quien deba demostrar que hiciste las preguntas correctas. El sistema APPCC: qué es y por qué importa al comprador Qué garantiza el APPCC en tu proveedor El APPCC (Análisis de Peligros y Puntos de Control Crítico) es el sistema preventivo reconocido internacionalmente para garantizar la inocuidad de los alimentos. En la práctica, es el mapa que sigue un proveedor riguroso para controlar todos los riesgos posibles: desde la presencia de residuos fitosanitarios en la patata cruda hasta las condiciones de temperatura en el transporte. Un proveedor con un APPCC bien implantado en sus instalaciones de manipulación, envasado y distribución de patata fresca es capaz de: Identificar cada lote desde su origen en el campo Controlar los puntos críticos durante el lavado, calibrado y envasado Documentar las condiciones de almacenamiento y transporte Activar un protocolo de retirada de producto en cuestión de horas si aparece una alerta La trazabilidad y el APPCC no son sistemas independientes: se alimentan mutuamente. Un sistema APPCC sin trazabilidad es incompleto, y una trazabilidad sin controles APPCC no garantiza la seguridad del producto. Es el conjunto lo que protege al comprador profesional. La documentación que debes pedir Como responsable de compras o de calidad en tu empresa, tienes derecho a solicitar a tu proveedor de patata los siguientes documentos, que cualquier operador serio debería tener disponibles: Plan APPCC vigente y registros de los puntos de control crítico Sistema de trazabilidad documentado con identificación de lotes y origen de campo Registro de agricultores/proveedores homologados con sus datos y producciones Análisis de residuos de productos fitosanitarios por lote o campaña Protocolos de limpieza y desinfección de instalaciones Registros de temperatura durante almacenamiento y transporte refrigerado (cuando aplique) Procedimiento de retirada de producto documentado y probado Si tu proveedor no puede entregarte estos documentos, o los entrega con reticencias, es una señal clara de que su sistema de control no está donde debería estar. Las certificaciones que marcan la diferencia GLOBALG.A.P.: el estándar de campo La certificación GLOBALG.A.P. (Good Agricultural Practices) es el estándar de referencia internacional para la producción primaria en frutas y hortalizas. Fue creada en 1997 por Eurep, el Grupo de Trabajo de Minoristas Europeos de Productos Frescos, y hoy la exigen las principales cadenas de distribución de toda Europa. Cuando un agricultor o cooperativa proveedor de patata fresca tiene la certificación GLOBALG.A.P., te está garantizando que: El cultivo se realiza bajo Buenas Prácticas Agrícolas auditadas por terceros El uso de fitosanitarios cumple con los límites máximos de residuos (LMR) establecidos por la UE Existe un sistema de trazabilidad desde la parcela, con identificación del productor y lugar de producción Se aplican medidas de gestión medioambiental y de seguridad laboral Las auditorías son realizadas por entidades certificadoras independientes y acreditadas Desde 2024, la versión obligatoria es la GLOBALG.A.P. IFA v6, más exigente en trazabilidad digital y gestión del riesgo. Pide siempre el número de certificado y verifica su vigencia. Un certificado caducado no garantiza nada. IFS y BRC: cuando el producto entra en grandes cadenas Las normas IFS (International Food Standard) y BRC (British Retail Consortium) son los estándares internacionales que exigen las grandes superficies y cadenas de distribución a sus proveedores de alimentación. Más de 29.000 proveedores alimentarios en todo el mundo cuentan con la certificación BRC, y la IFS supera los 17.000 en más de 90 países. Ambas normas evalúan de forma integral: El sistema APPCC implantado en las instalaciones del
Vitamina C en la patata: todo en su piel

¿Cuántos alimentos tienes en casa capaces de cubrir la mitad de tu vitamina C diaria con una sola ración? Probablemente menos de los que crees. La patata, ese ingrediente que no falta en casi ninguna cocina española, esconde un perfil nutricional mucho más potente de lo que su imagen cotidiana sugiere. Y la clave está en un detalle que solemos ignorar: la piel. El secreto está en cocinarla con piel Una patata mediana cocinada con piel aporta aproximadamente el 50% de la ingesta diaria recomendada de vitamina C. Un dato que sorprende, sobre todo si tenemos en cuenta que solemos asociar esta vitamina únicamente con los cítricos o los kiwis. La razón por la que la piel marca la diferencia es sencilla: la mayor concentración de nutrientes se encuentra justo debajo de ella. Pelar la patata antes de cocinarla implica perder una parte significativa de ese valor nutricional. Mantener la piel, en cambio, permite aprovechar al máximo todo lo que este tubérculo tiene para ofrecer. Mucho más que vitamina C La vitamina C es solo el comienzo. Una patata cocinada con piel es también una fuente relevante de: Potasio, esencial para la función muscular y el equilibrio de la presión arterial Vitamina B6, que contribuye al metabolismo energético y al sistema nervioso Magnesio, fundamental para huesos, músculos y el sistema nervioso Fósforo, clave para la salud ósea y dental Hierro, necesario para el transporte de oxígeno en la sangre Zinc, que refuerza el sistema inmunitario y la cicatrización Todo esto en un alimento naturalmente bajo en grasa, libre de colesterol y con un nivel calórico moderado. La patata no es el problema nutricional que algunos han querido ver; el problema, muchas veces, está en cómo la preparamos. La forma de cocción importa Para conservar al máximo los nutrientes de la patata, la preparación es clave. Estas son las opciones más recomendables: Cocida con piel o al vapor: el método que mejor preserva la vitamina C y los minerales Al horno con piel: una alternativa sabrosa que mantiene gran parte del valor nutricional Microondas: sorprendentemente eficaz para conservar nutrientes, ya que reduce el tiempo de exposición al calor Por el contrario, hervir la patata pelada y en trozos pequeños es el método que más nutrientes disuelve en el agua de cocción. Si optas por hervirla, hazlo con piel y en piezas grandes siempre que sea posible. Un alimento para el día a día La patata lleva siglos siendo un pilar de la dieta mediterránea y europea, y no es casualidad. Es accesible, versátil, saciante y, como acabamos de ver, nutricionalmente mucho más completa de lo que parece. Incorporarla con piel a tus recetas habituales, ya sea en ensaladas templadas, guisos, asados o simplemente cocida como guarnición, es una forma sencilla y económica de reforzar tu aporte de vitaminas y minerales esenciales. En FRUSANGAR seleccionamos y distribuimos patatas que llegan al mercado en las mejores condiciones: frescas, bien calibradas y listas para sacar el máximo partido en la cocina. Porque una buena patata, cocinada con cuidado, es mucho más que un acompañamiento. La próxima vez que vayas a preparar patatas, piénsatelo dos veces antes de pelarlas. Con ese pequeño gesto, estarás conservando el 50% de tu vitamina C diaria, además de una lista de minerales que tu cuerpo agradecerá. La naturaleza ya hizo el trabajo; solo hay que saber aprovecharlo.
El 85% de la planta de la patata es comestible

Cuando pensamos en la patata, inmediatamente imaginamos el tubérculo que pelamos, cocemos y freímos. Ese bulto marrón o amarillo que protagoniza miles de recetas en la cocina española. Pero lo que muy poca gente sabe es que la planta de la patata es mucho más que ese fruto subterráneo: hasta el 85% de la planta completa es comestible, desde las hojas jóvenes hasta los propios tallos. Un dato sorprendente que cambia radicalmente la manera en que entendemos uno de los cultivos más importantes de España y del mundo. En FRUSANGAR, llevamos décadas trabajando con la patata como materia prima principal, y conocer a fondo esta planta nos apasiona. Hoy queremos compartir contigo todo lo que esconde la planta de la patata más allá de lo que llega a tu mesa. La planta de la patata: mucho más que un tubérculo La patata (Solanum tuberosum) es una planta herbácea perteneciente a la familia de las solanáceas, la misma familia del tomate, el pimiento o la berenjena. Se cultiva principalmente por sus tubérculos subterráneos, ricos en almidón, pero la planta en su conjunto tiene una complejidad botánica y nutricional que sorprende a propios y extraños. La planta adulta puede alcanzar entre 60 y 100 centímetros de altura, con tallos verdes y robustos, hojas compuestas de color verde intenso y flores de tonos blancos, morados o rosados según la variedad. Y aunque culturalmente hemos reducido su aprovechamiento casi exclusivamente al tubérculo, la ciencia y la gastronomía tradicional de muchos países revelan que la mayor parte de la planta tiene potencial comestible. ¿Qué partes de la planta de la patata son comestibles? Cuando hablamos del 85% comestible de la planta de la patata, nos referimos a las siguientes partes: Los tubérculos Son, obviamente, la parte más conocida y consumida. Los tubérculos de patata concentran hidratos de carbono complejos, potasio, vitamina C, vitamina B6, magnesio y fibra dietética. Representan el corazón nutritivo de la planta y la razón por la que este cultivo ha alimentado a civilizaciones enteras durante siglos. Un dato relevante: la piel del tubérculo también es completamente comestible y concentra una gran parte de los nutrientes. Cocinar la patata con piel no solo reduce el desperdicio alimentario, sino que aporta más fibra y minerales a la dieta. Las hojas jóvenes Las hojas tiernas de la planta de la patata son comestibles cuando se consumen correctamente. En algunas regiones de América del Sur, cuna de la patata, se han utilizado históricamente como verdura de hoja. Es importante destacar que deben consumirse en pequeñas cantidades y preferiblemente cocinadas, ya que contienen ciertos compuestos que en grandes dosis pueden ser problemáticos. Sin embargo, en su estado joven y bien preparadas, son perfectamente aptas para el consumo humano. Los tallos jóvenes Al igual que las hojas, los tallos jóvenes de la patata en fase temprana de crecimiento han sido aprovechados en gastronomías tradicionales. Son ricos en clorofila y presentan un perfil nutricional interesante. Las flores Las flores de la patata son quizás la parte más sorprendente. Algunas variedades producen flores de una belleza extraordinaria, y aunque no son un alimento habitual en la dieta occidental, en contextos culinarios de alta gastronomía y cocina creativa se han utilizado como elemento decorativo y comestible. Tienen un sabor suave, ligeramente vegetal. Los brotes controlados Los brotes de patata en sus primeras fases, antes de acumular concentraciones elevadas de solanina, también entran dentro de las partes aprovechables de la planta en contextos gastronómicos específicos. ¿Qué partes NO son comestibles o deben evitarse? Para ser completamente precisos y ofrecer información útil y segura, es importante mencionar el 15% restante de la planta que no debe consumirse: Las bayas verdes (frutos que aparecen después de la floración) contienen altas concentraciones de solanina, un alcaloide tóxico. Nunca deben consumirse. Las hojas maduras y los tallos adultos también acumulan solanina en cantidades significativas y deben evitarse. Los tubérculos verdes o con brotes muy desarrollados contienen mayor concentración de solanina y no son recomendables para el consumo sin retirar previamente las zonas afectadas. La solanina es el compuesto que define ese 15% no comestible de la planta. El resto, con las preparaciones adecuadas, es apto para el consumo humano. El valor nutricional de la patata: un alimento completo La patata ha sido injustamente demonizada en algunas dietas modernas por su contenido en hidratos de carbono. Sin embargo, su perfil nutricional completo la convierte en uno de los alimentos más equilibrados y versátiles de la cocina española: Hidratos de carbono complejos: fuente de energía sostenida, esencial para el rendimiento físico y mental Potasio: mineral clave para la salud cardiovascular y muscular; una patata mediana puede aportar hasta el 20% de la ingesta diaria recomendada Vitamina C: antioxidante natural que refuerza el sistema inmunitario Vitamina B6: fundamental para el metabolismo proteico y el funcionamiento del sistema nervioso Fibra dietética: especialmente en la piel, favorece el tránsito intestinal y la salud digestiva Hierro y magnesio: minerales esenciales para múltiples funciones metabólicas Proteína vegetal: aunque en menor cantidad, la patata aporta aminoácidos de buena calidad Además, la patata es naturalmente libre de gluten, lo que la convierte en un alimento fundamental para personas celíacas o con sensibilidad al gluten. La patata en la gastronomía española: un pilar cultural España es uno de los países con mayor tradición y cultura en torno a la patata. Desde la tortilla española hasta las patatas bravas, pasando por el cocido madrileño, las patatas a la riojana o las míticas patatas fritas artesanas, el tubérculo está presente en el ADN gastronómico del país. No es casualidad: España es uno de los principales productores y consumidores de patata de Europa. El cultivo de la patata en España abarca desde Galicia y Asturias, con sus variedades autóctonas y suelos húmedos, hasta Castilla, Andalucía y el Mediterráneo, donde las condiciones climáticas permiten obtener tubérculos de calidad excepcional. En FRUSANGAR, seleccionamos las mejores variedades de patata española para elaborar nuestros productos, respetando los tiempos de cultivo y priorizando la calidad sobre la cantidad. Conocer la planta en profundidad, saber qué la hace única y qué potencial tiene cada una de sus partes, forma parte de nuestro compromiso con la patata de calidad. Aprovechamiento total: hacia una alimentación más sostenible El dato del 85% comestible de la planta de
Patata española vs. importada: por qué el origen importa

El dato que pocos conocen pero que cambia todo España produce casi 2 millones de toneladas de patata al año. Y aun así importa más de 1,2 millones de toneladas adicionales procedentes de Francia, Alemania, Países Bajos y, cada vez más, de Egipto y otros países extracomunitarios. Somos el país de la tortilla de patata, del cocido madrileño y de las patatas bravas. Y sin embargo, una parte significativa de la patata que llega a nuestras mesas ha recorrido miles de kilómetros antes de entrar en nuestra cocina. ¿Importa eso? ¿Hay diferencia real entre una patata producida en Castilla y una llegada de los Países Bajos? La respuesta corta es: sí. La respuesta larga es este artículo. Qué significa exactamente «patata de proximidad» El término patata de proximidad no tiene una definición legal única en España, pero en la práctica se refiere a la patata producida en territorio nacional —o en un radio razonable desde el punto de consumo— bajo los estándares de calidad, trazabilidad y control fitosanitario propios del sector hortofrutícola español. No hablamos solo de kilómetros. Hablamos de un modelo productivo: agricultores que conocen su suelo, que trabajan con variedades adaptadas al clima local, que están sujetos a los controles de la normativa europea más exigente del mundo y que forman parte de una cadena de valor corta, visible y trazable. La patata de proximidad es, en esencia, un producto del que sabemos todo: dónde nació, quién la cultivó, cuándo se recolectó y cómo llegó hasta nosotros. La patata importada: ni mala ni igual Hablar de patata importada no es necesariamente hablar de un producto de menor calidad. Hay producciones europeas —especialmente holandesas y francesas— con altísimos estándares técnicos y variedades excelentes. El problema no es siempre el origen en sí, sino lo que implica ese origen en términos de trazabilidad, frescura, huella ambiental y soporte al sector productivo nacional. El factor tiempo Una patata producida en los Países Bajos y destinada al mercado español puede tardar entre 3 y 7 días en llegar al punto de distribución, dependiendo de la logística. Una patata de Castilla y León puede estar en un almacén de Madrid en menos de 24 horas desde la recolección. Ese tiempo importa. El almidón de la patata empieza a degradarse desde el momento en que se recolecta. Una patata más fresca mantiene mejor su textura, su sabor y sus propiedades nutricionales. No es un detalle menor cuando hablamos de un producto que vamos a cocinar. El factor trazabilidad La normativa de trazabilidad alimentaria en España y en la Unión Europea obliga a todos los productores a registrar el origen, las condiciones de producción y la cadena de custodia del producto. Sobre el papel, tanto la patata española como la europea comunitaria cumplen esos requisitos. El problema surge con las importaciones extracomunitarias, donde los controles en origen no siempre son equivalentes a los europeos. Y surge también cuando la cadena de distribución es tan larga que la información de origen queda diluida antes de llegar al consumidor final. Cuando compras patata española con trazabilidad verificable, sabes exactamente lo que tienes. Cuando compras sin información de origen, estás depositando una confianza que no siempre está respaldada por datos. El factor fitosanitario España aplica la normativa fitosanitaria europea, una de las más estrictas del mundo en cuanto a límites de residuos de plaguicidas, uso de productos de tratamiento postcosecha y condiciones de almacenamiento. Países terceros con menor regulación pueden usar productos fitosanitarios que están directamente prohibidos en la UE. Esto no quiere decir que toda patata extracomunitaria sea insegura. Quiere decir que el nivel de garantía no es el mismo, y que el consumidor tiene derecho a saberlo. El argumento nutricional: ¿la frescura cambia la composición? Sí, y más de lo que intuimos. La patata es un alimento vivo que continúa sus procesos metabólicos después de la recolección. Con el paso del tiempo y en función de las condiciones de almacenamiento, su contenido en vitamina C se reduce de forma significativa. Una patata nueva recién recolectada puede contener hasta 30 mg de vitamina C por cada 100 gramos. Tras varios meses de almacenamiento, esa cifra puede caer por debajo de 10 mg. La vitamina B6, el potasio y otros micronutrientes también se ven afectados, aunque en menor medida. Y el almidón, como señalamos antes, evoluciona hacia formas que pueden afectar a la textura y al comportamiento de la patata en la cocina. Elegir patata española de temporada no es solo una decisión de apoyo al producto local. Es también una decisión nutricional que tiene impacto real en lo que comemos. Qué gana el profesional de hostelería con la patata de proximidad Consistencia y rendimiento Un chef o responsable de cocina no solo compra sabor: compra predictibilidad. Necesita saber que la patata que recibe hoy se comporta igual que la de la semana pasada. Necesita conocer el calibre, la variedad, el comportamiento al freír o al hervir. La patata española con trazabilidad verificable ofrece esa consistencia porque proviene de cadenas de suministro cortas, con menor variabilidad logística y con un conocimiento directo del productor. Diferenciación en carta Cada vez más restaurantes apuestan por especificar el origen de sus ingredientes. El aceite de oliva virgen extra de una DO concreta, el cerdo ibérico de tal dehesa, el tomate de temporada de tal productor. La patata empieza a sumarse a esa conversación. Mencionar «patata nueva de Castilla» o «patata Agria nacional» en una carta no es un capricho gastronómico. Es una señal de trazabilidad que el cliente cada vez valora más y que diferencia al establecimiento que cuida su producto del que compra a precio sin preguntar el origen. Reducción del desperdicio Una patata más fresca, con mejor textura y mayor consistencia, genera menos merma en cocina. El pelado es más limpio, la cocción más uniforme, el resultado final más estable. En una cocina profesional donde el coste por ración es crítico, eso tiene un impacto económico directo. El argumento medioambiental: kilómetros que cuentan La huella de carbono de un alimento no termina en el campo. Incluye todo el transporte, la refrigeración en tránsito, los intermediarios logísticos y los recursos energéticos empleados para mantener el
Ferias agroalimentarias: lo que el sector nos enseña cada año

Hay algo que ocurre en las ferias que no pasa en ningún otro sitio. En un mismo pasillo conviven el productor que lleva cuarenta años en el sector y el emprendedor que acaba de lanzar su primer producto. El comprador de una gran cadena de distribución y el cocinero de un restaurante de pueblo. El técnico agrónomo y el director de marketing. En ningún otro contexto se concentra tanta información, tanto criterio y tanta verdad sobre un sector en tan poco tiempo. Nosotros llevamos años yendo a ferias. Y cada vez que volvemos, volvemos distintos. Una feria no es una exposición: es un termómetro El error más habitual al hablar de ferias alimentarias es reducirlas a un escaparate. Un lugar donde las empresas montan un stand, ponen su logo en grande y reparten catálogos. Esa lectura es correcta, pero incompleta. Una feria agroalimentaria es, antes que nada, un termómetro del sector. Lo que se expone refleja lo que el mercado está demandando ahora mismo. Lo que no se expone, y eso es igual de revelador, dice mucho sobre lo que está quedando atrás. Si en una edición hay diez empresas hablando de trazabilidad digital y en la siguiente hay cincuenta, no es casualidad: es una señal. En los últimos años, las ferias del sector agroalimentario en España y Europa han ido incorporando bloques temáticos que antes no existían: sostenibilidad en la cadena de suministro, reducción del desperdicio alimentario, digitalización del campo, nuevos formatos de packaging con menor huella ambiental. Esos bloques no surgen de la nada. Responden a una presión real del mercado, de la legislación y del consumidor. Ir a una feria con los ojos abiertos es, en la práctica, leer el futuro del sector con varios meses de antelación. Lo que nunca aparece en la nota de prensa de una feria Las notas de prensa postcongreso hablan de cifras: número de expositores, metros cuadrados, visitantes, países representados. Son datos importantes, pero no son los que más nos interesan cuando volvemos de un evento. Lo que de verdad nos llevamos de una feria alimentaria no cabe en un comunicado. Son conversaciones en los pasillos, comentarios escuchados casi por casualidad en una mesa redonda, preguntas que hace el comprador de una gran superficie y que te obligan a repensar tu propuesta de valor. Es el conocimiento tácito del sector: lo que todo el mundo sabe pero nadie escribe. Algunas de las reflexiones más valiosas que hemos extraído de nuestra participación en ferias del sector hortofrutícola y agroalimentario no vinieron de las ponencias principales. Vinieron de conversaciones informales con otros productores, con técnicos de calidad, con distribuidores que te cuentan con total franqueza qué están buscando y qué ya no les interesa. Ese nivel de acceso a la realidad del mercado no tiene precio. Y no se consigue de otra manera. Las tres tendencias que más nos han marcado en los últimos años Cada feria deja un poso. Con el tiempo, algunos de esos posos se convierten en convicciones. Estas son las tres tendencias que, desde nuestra perspectiva como productores y distribuidores de patata de calidad, hemos visto consolidarse evento tras evento: 1. La trazabilidad ha dejado de ser un valor diferencial para convertirse en un requisito mínimo: Hace no tantos años, una empresa que podía rastrear el origen exacto de su producto destacaba. Hoy, el comprador —especialmente el de hostelería organizada y gran distribución— lo da por supuesto. Si no puedes responder con precisión a dónde, cuándo y cómo se produjo lo que vendes, simplemente no entras en la conversación. 2. La sostenibilidad se ha vuelto concreta: Durante años, «sostenibilidad» fue una palabra que aparecía en todos los stands pero que pocas empresas podían justificar con datos. Eso está cambiando. Los compradores y distribuidores piden cada vez más métricas reales: huella de carbono, gestión del agua de riego, uso de fitosanitarios, gestión de residuos. El discurso genérico ya no convence a nadie. 3. El consumidor final ha entrado en la conversación B2B: Esto es quizás lo más significativo. Las ferias profesionales, que durante décadas fueron un espacio casi exclusivamente de negocio entre empresas, reflejan ahora una presión nueva: el consumidor final informado que pregunta por el origen, la variedad, el método de producción. Los distribuidores trasladan esa demanda a los productores. Y los productores tenemos que estar preparados para responder no solo al comprador, sino a la persona que va a cocinar el producto en casa. El valor de escuchar más que de hablar Hay una tentación natural en las ferias: hablar. Presentar, exponer, convencer. Es comprensible, porque una feria es también un espacio de visibilidad comercial. Pero los eventos donde más hemos aprendido son aquellos en los que hemos escuchado más de lo que hemos hablado. Las mesas redondas sobre el futuro del sector hortofrutícola, los debates sobre normativa europea de producción, los paneles sobre cambio climático y su impacto en los cultivos de temporada nos han aportado algo que ningún informe de mercado puede dar: perspectiva humana. La voz del agricultor que lleva tres generaciones en el campo y que percibe cambios en el clima que los modelos predictivos todavía no recogen. La visión del técnico de calidad de una cadena de supermercados que explica, sin filtros, qué hace que un producto sea o no apto para sus lineales. Ese conocimiento cambia la forma en que tomamos decisiones. Cambia cómo seleccionamos variedades, cómo trabajamos con nuestros agricultores, cómo comunicamos el valor de nuestro producto. Por qué mayo es el mes clave del calendario ferial agroalimentario No es casualidad que muchas de las ferias más relevantes del sector agroalimentario en España y Europa concentren su actividad en primavera, con mayo como epicentro. Las razones son tanto logísticas como estratégicas. Mayo coincide con el inicio de la campaña de patata nueva nacional, con la transición entre la producción de invierno y los primeros volúmenes de temporada. Es el momento en que los compradores ya tienen una imagen clara de cómo ha ido la campaña anterior y empiezan a negociar las condiciones para los meses siguientes. Es, en definitiva, el momento en que el sector toma decisiones. Participar en ferias en
¿Estás cocinando mal las patatas? Los 5 errores que nadie te ha contado

La patata es el ingrediente más democrático de la cocina española. Está en todas las casas, en todos los menús y en todas las generaciones. Pero precisamente por eso, porque damos por hecho que la conocemos bien, llevamos años cometiendo los mismos errores sin saberlo. Errores que afectan al sabor, a la textura, a la nutrición y hasta al bolsillo. El error que casi todos cometemos antes de empezar: guardar la patata en la nevera Parece lógico: si quieres conservar algo fresco, lo metes en la nevera. Con la patata, esa lógica nos ha jugado una mala pasada durante décadas. Cuando almacenas patatas a bajas temperaturas, el almidón que contienen se convierte en azúcares simples mediante un proceso llamado retrogradación del almidón. El resultado es una patata con un sabor más dulzón, una textura harinosa que no se comporta bien al cocinar y, lo que es más preocupante, un mayor riesgo de formación de acrilamida cuando la sometes al calor. La acrilamida es un compuesto que aparece al freír o asar alimentos ricos en almidón a alta temperatura, y su consumo elevado ha sido objeto de estudio por parte de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA). El sitio correcto para conservar las patatas es un lugar fresco, oscuro, seco y ventilado, con temperaturas de entre 8 y 12 grados. Una bodega, un armario alejado del calor de los fogones o una despensa con buena circulación de aire. Lo que no sirve: la bolsa de plástico cerrada (acumula humedad y favorece el brote), la cesta junto al calor del horno o, insistimos, el frigorífico. Un detalle curioso que poca gente conoce: las patatas y las cebollas no deben almacenarse juntas. La cebolla libera gases que aceleran el proceso de germinación de la patata. Un pequeño gesto, un gran cambio en la duración del producto. El error de cocina más extendido: hervirlas empezando con el agua caliente Cuando tenemos prisa, lo hacemos todos: ponemos el agua a hervir, metemos las patatas y esperamos. Parece eficiente. En realidad, es uno de los errores que más afecta al resultado final. La forma correcta de hervir patatas es empezar siempre con agua fría y sal desde el principio. ¿Por qué? Porque si introduces la patata en agua ya hirviendo, el exterior se cuece mucho más rápido que el interior. El resultado es una patata con una capa exterior blanda o incluso desintegrada y un centro todavía duro. El calor no ha tenido tiempo de penetrar de forma homogénea. Comenzar con agua fría permite que toda la patata —exterior e interior— alcance la temperatura de cocción de forma progresiva y uniforme. La textura final es mucho más consistente, especialmente importante cuando vas a hacer una ensaladilla rusa, unas patatas cocidas para guarnición o cualquier receta en la que el corte final importa. Otro apunte que sorprende a muchos: añadir sal al agua de cocción no solo da sabor. La sal eleva ligeramente el punto de ebullición del agua y, sobre todo, regula la osmosis, ayudando a que la patata no absorba un exceso de agua y quede aguada. Una cucharada sopera de sal por litro de agua es la proporción correcta. El error que nos cuesta calorías de más: pelarla siempre antes de cocinar La piel de la patata no es un residuo. Es, en muchos casos, la parte más nutritiva del tubérculo, y cocinar siempre la patata pelada tiene un coste nutricional real que hemos normalizado sin cuestionarlo. La piel de la patata concentra una parte significativa de su fibra dietética, potasio, vitamina C y vitaminas del grupo B, especialmente la B6. Además, actúa como barrera natural durante la cocción: cuando hierves una patata con piel, los nutrientes hidrosolubles —que se pierden con facilidad en el agua de cocción— se conservan en mayor proporción dentro del tubérculo. Hay recetas en las que pelar es inevitable. Pero en muchas otras —patatas asadas al horno, patatas al vapor, patatas nuevas salteadas, patatas bravas— la piel no solo es comestible, sino que aporta una textura y un sabor que elevan el plato. Eso sí, hay una condición imprescindible: la patata de calidad. Una patata lavada correctamente, de origen certificado y sin tratamientos postcosecha agresivos es la única que garantiza que comer la piel sea seguro y agradable. Las patatas con piel verde o con brotes deben desecharse, ya que esas zonas contienen solanina, un alcaloide tóxico natural que puede causar malestar digestivo. Este es uno de los motivos por los que el origen y la trazabilidad del producto importan más de lo que parece. El error que arruina la patata frita: no secarla bien antes de freír La patata frita perfecta tiene un secreto que los cocineros profesionales aplican siempre y que en casa ignoramos casi por completo: antes de entrar en el aceite, la patata tiene que estar completamente seca. Cuando cortas la patata en bastones o en láminas, liberas almidón y humedad superficial. Si esa humedad entra en el aceite caliente, se produce una reacción violenta que baja la temperatura del aceite de golpe. El resultado es una patata que no se fríe, sino que se cuece en su propia humedad: blanda por dentro, sin costra crujiente por fuera y con una absorción de aceite mucho mayor. El proceso correcto tiene tres pasos que muy pocos siguen de forma consistente: lavar las patatas cortadas en agua fría para eliminar el exceso de almidón superficial, secarlas bien con un paño o papel de cocina antes de freír, y usar aceite a la temperatura adecuada, entre 170 y 180 grados para la fritura final. El truco profesional, conocido como doble fritura, va un paso más allá: una primera fritura suave a unos 140 grados durante varios minutos para cocer el interior sin dorar el exterior, un reposo, y una segunda fritura a 180 grados para conseguir esa costra crujiente y dorada que buscamos. Este método, habitual en las mejores freidurías, explica la diferencia abismal entre unas patatas fritas hechas en casa y las de un buen restaurante. Y un detalle más: no todas las variedades de patata son iguales para freír. Las variedades con mayor contenido en almidón y menos agua, como la Agria o la Monalisa, dan resultados muy superiores. Elegir
39º Salón Gourmets: claves de una edición histórica

Ayer lunes, 13 de abril, el recinto ferial de IFEMA Madrid volvió a convertirse en el epicentro internacional de la alimentación de calidad con la apertura del 39º Salón Gourmets. Hasta el próximo 16 de abril, miles de profesionales del sector recorrerán sus pabellones en busca de tendencias, novedades, acuerdos comerciales y productos que definen lo mejor de la gastronomía a escala mundial. Entre los expositores que han dado el paso de estar presentes en esta edición se encuentra FRUSANGAR, empresa especializada en la distribución y comercialización de patata nueva de calidad, que presenta dos de sus propuestas más singulares en el pabellón 4, stand 4C23-4. Casi cuatro décadas de historia gourmet El Salón Gourmets nació en 1988 de la mano del Grupo Gourmets, la misma empresa editorial que publicaba —y sigue publicando— la histórica Revista Club de Gourmets, referente del periodismo gastronómico en España desde los años setenta. Aquella primera edición fue una apuesta audaz en un momento en que el mercado español comenzaba a despertar a la cultura de la gastronomía premium: la Transición había traído consigo una apertura cultural y económica que empujaba a los consumidores hacia productos antes escasos o desconocidos. Durante los años noventa, el salón fue creciendo de forma sostenida, sumando categorías, países participantes y metros cuadrados de exposición. El formato, concebido desde el principio como una feria exclusivamente profesional —un detalle que lo diferencia radicalmente de otros certámenes de alimentación—, permitió consolidar un espacio de negocio real, alejado del carácter divulgativo o de consumo masivo. Esa decisión estratégica resultó determinante: los acuerdos se cerraban en los stands, las listas de pedidos se firmaban sobre el mostrador, y la visita al salón se convirtió en una cita obligada en la agenda de importadores, distribuidores, compradores de grandes cadenas y operadores de hostelería de toda Europa. La irrupción de la crisis económica de 2008 supuso un momento de tensión para el certamen, como para todo el sector. Sin embargo, la apuesta por la calidad diferenciada resultó ser, paradójicamente, un salvavidas: los productos gourmet, artesanales y de origen certificado resistieron mejor el ajuste del consumo que los productos de gran distribución estándar. El Salón Gourmets salió reforzado de ese ciclo, con una identidad aún más definida. De referente nacional a potencia europea Hoy, el Salón Gourmets es reconocido sin fisuras como el mayor certamen de alimentación y bebidas de alta gama del mundo. Esta afirmación, que podría sonar a eslogan, está respaldada por datos: ningún otro evento especializado en gastronomía gourmet reúne en un mismo espacio un volumen comparable de expositores, compradores internacionales y categorías de producto. Su proyección europea ha sido especialmente intensa durante la última década. La incorporación masiva de expositores procedentes de Italia, Francia, Portugal, Grecia, Alemania y los países del norte de Europa ha convertido al salón en un auténtico parlamento de la excelencia alimentaria continental. En paralelo, la presencia de compradores e importadores de mercados como el Reino Unido, los Países Bajos, los países nórdicos y Polonia ha transformado la feria en una plataforma de exportación de primer orden para la industria agroalimentaria española. La edición de 2026 llega en un contexto geopolítico y económico complejo, marcado por las tensiones arancelarias impulsadas desde Estados Unidos y una reorientación estratégica del comercio europeo. Lejos de arredrarse, la organización del salón ha aprovechado este escenario para reforzar precisamente su dimensión europea, consolidando alianzas con compradores del continente y poniendo el foco en la soberanía alimentaria y el valor diferencial de los productos con denominación de origen, indicación geográfica protegida y certificaciones de calidad propias de cada territorio. El salón en cifras: un generador de negocio sin igual Las magnitudes del 39º Salón Gourmets hablan por sí solas. La edición de este año espera superar los 100.000 visitantes profesionales a lo largo de sus cuatro jornadas, una cifra que sitúa al certamen en una liga propia dentro del calendario ferial europeo. Se prevé la participación de más de 1.800 expositores procedentes de más de 40 países, distribuidos en varios pabellones del recinto de IFEMA. En términos de negocio generado, las estimaciones apuntan a que el salón moverá cientos de millones de euros en acuerdos comerciales, pedidos y contratos de distribución durante los cuatro días de celebración. Los operadores de hostelería y restauración, los compradores de grandes superficies, las cadenas especializadas en alimentación gourmet y los importadores internacionales son los perfiles que concentran el mayor volumen de transacciones. A ellos se suman consultores, chefs de reconocido prestigio, periodistas especializados y representantes institucionales que acuden al salón para tomar el pulso a lo que será la oferta gastronómica de los próximos meses. El impacto económico del evento en la ciudad de Madrid es igualmente notable: hoteles, restaurantes, servicios de transporte y toda la cadena auxiliar de la organización ferial se benefician de una afluencia masiva de visitantes nacionales e internacionales que convierten la capital en una auténtica capital gastronómica durante una semana. Sectores y expositores: la diversidad como seña de identidad Una de las grandes fortalezas del Salón Gourmets es la amplitud de su oferta. El certamen no se limita a un único segmento, sino que abarca prácticamente toda la cadena de valor de la alimentación gourmet: aceites de oliva virgen extra, vinos y espirituosos, conservas y semiconservas, charcutería artesanal, quesos, productos del mar, dulces y confitería, cafés y tés, condimentos, salsas y aderezos, y un amplio abanico de materias primas de calidad destinadas tanto al canal horeca como a la gran distribución especializada. Esta amplitud categorial es lo que hace del salón un destino irrenunciable para cualquier profesional del sector: en un solo recinto, en cuatro días, es posible trazar un mapa completo de las tendencias que marcarán el mercado durante la próxima temporada. Las novedades de producto, los lanzamientos exclusivos pensados para el canal horeca y las innovaciones en origen y certificación se suceden stand tras stand en un ritmo que refleja la extraordinaria vitalidad del sector agroalimentario español y europeo. La edición de 2026 pone especial énfasis en los productos con certificación de calidad y origen, en línea con una demanda creciente por parte de compradores e importadores que exigen trazabilidad y autenticidad como requisitos previos a cualquier acuerdo comercial. En este contexto, los productos amparados por sellos oficiales de calidad y procedencia territorial se posicionan con una ventaja competitiva
II Encuentro Agroprofesional de la Patata del Campo de Cartagena: Crónica de una jornada clave para el sector

El pasado 25 de marzo de 2026, el Campo de Cartagena volvió a convertirse en el epicentro del debate técnico y estratégico sobre uno de los cultivos más emblemáticos de la agricultura murciana y española. El II Encuentro Agroprofesional de la Patata del Campo de Cartagena reunió a profesionales del sector, técnicos agrónomos, productores, distribuidores y empresas comprometidas con el futuro de la patata de calidad en nuestro país. FRUSANGAR estuvo presente como patrocinador oficial, reafirmando así su compromiso con los productores, con la innovación y con la sostenibilidad del sector hortofrutícola. Tal y como anunciamos en nuestro blog hace unas semanas, la participación de FRUSANGAR en este encuentro no fue casual ni puntual. Forma parte de una estrategia coherente de apoyo al sector de la patata española, que pasa necesariamente por estar presentes en los foros donde se toman decisiones, se comparte conocimiento y se construyen las alianzas que dan forma al futuro del campo. Una cita que se consolida como referente sectorial La segunda edición de este encuentro ha confirmado lo que ya apuntaba la primera: que el Campo de Cartagena necesitaba un espacio propio de encuentro y reflexión para su industria patatera. La zona es una de las principales áreas productoras de patata temprana en España, con unas condiciones agronómicas singulares que permiten adelantar la campaña respecto a otras regiones y abastecer mercados nacionales e internacionales con producto fresco de excelente calidad. El evento, que contó con la participación de decenas de profesionales del sector, se articuló en torno a ponencias técnicas, mesas de debate y espacios de networking que permitieron abordar los grandes retos actuales de la producción de patata: la gestión del agua en un entorno de creciente escasez hídrica, las nuevas exigencias regulatorias europeas en materia de fitosanitarios, la presión de los costes de producción y la necesidad de mejorar la trazabilidad y la diferenciación del producto en el mercado. Según la crónica publicada por la Revista Campo, el encuentro se consolidó como un referente del sector, lo que evidencia que la apuesta de los organizadores por crear una plataforma de conocimiento y diálogo específica para la patata del Campo de Cartagena está dando sus frutos. El papel de FRUSANGAR como patrocinador oficial Para FRUSANGAR, el patrocinio de este tipo de eventos no es únicamente una acción de visibilidad de marca. Es, ante todo, una declaración de principios. Como empresa con décadas de experiencia en la comercialización de patata, sabemos que la calidad del producto que llega a nuestros clientes empieza mucho antes de la manipulación y el envasado: empieza en el campo, en las decisiones que toman los agricultores, en la tecnología que aplican y en el conocimiento que adquieren. Por eso, apoyar encuentros como este forma parte de nuestra filosofía empresarial. Cuando los productores tienen acceso a información de calidad, a técnicas actualizadas y a un entorno de colaboración entre pares, el resultado es una materia prima mejor, una cadena de valor más eficiente y, en última instancia, un producto que llega al consumidor final con todas las garantías de seguridad, sabor y frescura. Nuestra presencia como patrocinador oficial del II Encuentro Agroprofesional de la Patata del Campo de Cartagena es también un reconocimiento explícito al trabajo de los agricultores de la zona. El Campo de Cartagena alberga a profesionales que trabajan con rigor, con innovación y con un enorme sentido de la responsabilidad hacia el medioambiente y hacia el consumidor. FRUSANGAR se siente orgullosa de formar parte de ese ecosistema productivo y de contribuir, desde su posición, a su fortalecimiento. Los grandes temas del debate: retos y oportunidades para la patata española Las jornadas abordaron una agenda densa y muy relevante para cualquier agente implicado en la cadena de valor de la patata. Entre los temas tratados destacaron: La gestión sostenible del agua fue uno de los ejes centrales del debate. El Campo de Cartagena es una zona con importantes restricciones hídricas, y el cultivo de patata de regadío depende de un uso eficiente y responsable del agua. Las ponencias abordaron las últimas tecnologías en riego de precisión, el papel de los sensores de humedad en suelo y las estrategias de programación del riego para maximizar el rendimiento minimizando el consumo hídrico. La fitosanidad y la regulación europea también ocupó un lugar central. La progresiva retirada de materias activas autorizada por la normativa comunitaria obliga a los productores a adaptar sus programas de tratamiento, buscar alternativas de control integrado de plagas y documentar con mayor precisión los tratamientos aplicados. En este contexto, la colaboración entre productores, distribuidores y técnicos es más necesaria que nunca. La diferenciación y la calidad del producto fue otro bloque de gran interés. En un mercado cada vez más exigente, donde el consumidor valora la trazabilidad, el origen y las condiciones de producción, la patata del Campo de Cartagena tiene una oportunidad real de posicionarse como un producto de referencia. Para ello, es fundamental trabajar en la estandarización de la calidad, en la comunicación del origen y en el desarrollo de canales de distribución que pongan en valor estas características diferenciales. La digitalización del campo fue también objeto de debate. Desde el uso de drones para el seguimiento del cultivo hasta la implementación de plataformas de gestión agrícola, la tecnología está transformando la forma en que trabajan los agricultores del Campo de Cartagena. La agricultura de precisión ya no es una promesa de futuro: es una realidad presente que los más avanzados ya están aplicando con resultados tangibles en términos de eficiencia y rentabilidad. FRUSANGAR: un compromiso con la patata que va más allá del negocio Desde nuestra fundación, FRUSANGAR ha construido su identidad empresarial alrededor de la patata española y de los valores que la representan: trabajo, calidad, tradición y respeto por el producto y por las personas que lo cultivan. A lo largo de los años, hemos desarrollado relaciones sólidas y duraderas con productores de las principales zonas productoras del país, y el Campo de Cartagena ocupa un lugar destacado en ese mapa. Nuestra apuesta por la patata temprana de Cartagena no es nueva. Conocemos bien las características de este producto: su piel fina, su textura firme, su sabor delicado y su excelente comportamiento tanto en la cocina