FRUSANGAR en Fruit Attraction 2026
Fruit Attraction, la feria internacional del sector hortofrutícola, celebrará su decimoctava edición del 6 al 8 de octubre de 2026 en IFEMA MADRID, y FRUSANGAR estará presente con un stand propio en el Pabellón 3, número 3B00B. Se trata de una cita ineludible para cualquier profesional del sector agroalimentario que quiera conocer de primera mano las últimas tendencias, innovaciones y oportunidades de negocio en torno a frutas y hortalizas. Qué es Fruit Attraction y por qué importa Fruit Attraction es la feria líder del sector de frutas y hortalizas a nivel mundial, organizada conjuntamente por IFEMA MADRID y FEPEX (Federación Española de Asociaciones de Productores Exportadores de Frutas, Hortalizas, Flores y Plantas Vivas). En su última edición, el evento reunió a más de 117.000 visitantes profesionales, 2.200 expositores y representantes de más de 100 países, consolidándose como el principal punto de encuentro internacional para toda la cadena de valor hortofrutícola. Para la edición de 2026, la feria ocupará una superficie superior a los 78.000 metros cuadrados, distribuidos en diez pabellones del recinto ferial de IFEMA Madrid, con la participación prevista de más de 2.400 empresas expositoras. Estas cifras confirman que Fruit Attraction no es simplemente un escaparate comercial, sino un auténtico termómetro de las tendencias que marcarán el futuro del sector agrícola en los próximos años. Fechas y horarios de la feria El evento se desarrollará durante tres jornadas exclusivamente profesionales, del martes 6 al jueves 8 de octubre de 2026. El horario de apertura será de 9:30 a 19:00 horas los dos primeros días, mientras que la última jornada, el jueves 8 de octubre, el recinto cerrará sus puertas a las 16:00 horas. Esta organización horaria permite a los visitantes profesionales planificar con antelación su recorrido por los distintos pabellones, especialmente teniendo en cuenta la magnitud del recinto y la enorme cantidad de expositores presentes en cada edición. FRUSANGAR: cita en el Pabellón 3, stand 3B00B Este año, FRUSANGAR estará presente en Fruit Attraction con un stand propio ubicado en el Pabellón 3, concretamente en el espacio identificado como 3B00B. Se trata de una oportunidad única para que clientes, distribuidores, responsables de compras y profesionales del sector conozcan de cerca la gama completa de productos de la compañía, incluyendo la reconocida patatas La Chulapona, además de las líneas Patatas del Pueblo, Fripat y Papa Reina. El Pabellón 3 forma parte del conjunto de espacios que Fruit Attraction ocupa en el recinto ferial de IFEMA Madrid, situado en la Avenida del Partenón, 5, dentro del complejo de pabellones número 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 12 y 14 habilitados para esta edición. Visitar el stand de FRUSANGAR en el Pabellón 3 es la ocasión perfecta para conocer de primera mano el compromiso de la empresa con la calidad, la trazabilidad y la sostenibilidad en la distribución de patatas. Qué encontrar en la feria: innovación y tendencias del sector Fruit Attraction se ha consolidado como el escaparate perfecto para descubrir las novedades del sector hortofrutícola, desde nuevas variedades de producto hasta soluciones tecnológicas aplicadas a toda la cadena de valor, pasando por formatos innovadores de packaging y tendencias de consumo emergentes. La feria reúne bajo un mismo techo a productores, distribuidores, retailers y representantes de la restauración organizada, generando un espacio de networking sin igual dentro del sector agroalimentario español e internacional. Además del área comercial, el evento incluye contenido especializado y actividades paralelas centradas en las principales tendencias que marcarán el futuro del mercado, desde la sostenibilidad y la digitalización hasta la innovación en variedades y procesos productivos. Para una empresa como FRUSANGAR, con más de tres décadas de experiencia en la distribución de patatas de calidad, participar en este foro es una oportunidad estratégica para conectar con clientes actuales, generar nuevas oportunidades comerciales y mantenerse a la vanguardia de las tendencias del sector. Cómo llegar a IFEMA Madrid Para quienes planeen visitar el stand de FRUSANGAR durante Fruit Attraction 2026, IFEMA MADRID ofrece diversas opciones de acceso al recinto ferial, facilitando la llegada tanto en transporte público como en vehículo propio. En metro, la estación de referencia es Feria de Madrid, en la Línea 8, con acceso directo por la zona Sur del recinto. También existen líneas de autobús (73, 112, 122 y 828) que conectan con distintos puntos de la ciudad, además de paradas de taxi habilitadas tanto en la Puerta Sur como en la Puerta Norte. Quienes prefieran acudir en coche pueden acceder a través de la M-40 (salidas 5 a 7), la M-11 (salidas 5 y 7) o la A-2 (salida 7). Una feria pensada para hacer negocio Más allá de las cifras y la logística, Fruit Attraction destaca por ser un evento 100% profesional, diseñado específicamente para generar oportunidades reales de negocio dentro del sector. La organización ha confirmado que la edición de 2026 avanza con una ocupación superior al 90% de los espacios disponibles, lo que confirma el interés creciente que despierta esta cita entre las empresas del sector hortofrutícola de todo el mundo. Para FRUSANGAR, estar presente un año más en esta feria de referencia reafirma su compromiso con la innovación, la calidad y el crecimiento sostenido dentro del sector de distribución de patatas, tanto a nivel nacional como internacional. Una cita que no debes perderte Si trabajas en el sector hortofrutícola, ya seas distribuidor, responsable de compras de una cadena de alimentación, profesional de la restauración o simplemente estás interesado en las últimas tendencias del campo agrícola español, Fruit Attraction 2026 es una cita que no puedes dejar pasar. Del 6 al 8 de octubre, en IFEMA Madrid, el sector se cita de nuevo para hacer negocio, compartir conocimiento y descubrir hacia dónde se dirige el futuro de la alimentación. Te esperamos en el Pabellón 3, stand 3B00B, donde estaremos encantados de mostrarte todo lo que FRUSANGAR tiene preparado para esta nueva edición.
LA CHULAPONA de FRUSANGAR, presente en la II Cata Nacional de Patata
El pasado viernes 4 de septiembre se celebró en Xinzo de Limia (Ourense) la II Cata-Concurso Nacional de Patata, organizada por la Asociación de Pueblos Productores de Patata como antesala de la feria Alimagro. En esta segunda edición, LA CHULAPONA, presentada por FRUSANGAR en representación de Villamanrique de Tajo (Madrid), se situó entre las variedades del certamen. Un certamen que reunió a los principales territorios productores El evento, celebrado a las 19:00 horas, congregó a nueve variedades procedentes de distintas zonas productoras de España, entre ellas Sanlúcar de Barrameda, Cartagena, Medina del Campo, Coristanco, Xinzo de Limia, La Rinconada, Teguise, Teror y Vilar del Barrio. Villamanrique de Tajo participó este año como Pueblo Productor Invitado, junto a la Comunidad Autónoma del País Vasco, ampliando así la representación territorial del concurso. La cata se desarrolló bajo un formato ágil y participativo: las variedades se presentaron de forma anónima, sin orden previo, para que los catadores pudieran valorarlas sin conocer su procedencia. La degustación incluyó tres elaboraciones —patata frita, patata cocida y tortilla de patata— servidas en pequeñas porciones, con el objetivo de premiar tanto a la mejor patata en términos generales como a las variedades más destacadas para fritura y cocción. LA CHULAPONA, destaca por su textura y versatilidad Durante la valoración, LA CHULAPONA obtuvo buenas notas, gracias a su textura suave, su piel fina y una organoléptica que la convierte en una patata extremadamente versátil, apta para cualquier tipo de cocinado. Estas cualidades permitieron que la variedad representada por Villamanrique de Tajo destacara entre los pueblos productores invitados, confirmando el buen nivel mostrado ya en la primera edición del certamen. El alcalde de Xinzo de Limia y presidente de la Asociación de Pueblos Productores de Patata, Amador Díaz, ha destacado la importancia de esta cita como “un punto de encuentro de variedades que engloban todo el territorio nacional” y ha señalado que, aunque “el premio solo se lo puede llevar una única patata, todas las variedades son ganadoras”. Las declaraciones de FRUSANGAR y Revista Campo Juan Carlos Sánchez, director general de FRUSANGAR, destacó el valor de participar en certámenes de este tipo para dar visibilidad al producto: «Eventos como la Cata Nacional de Patata son fundamentales para acercar al consumidor la calidad y la diversidad de nuestras variedades. Que LA CHULAPONA haya obtenido unas valoraciones tan altas es un reconocimiento al trabajo de todo nuestro equipo y a la riqueza de la tierra de Villamanrique de Tajo». Por su parte, Máximo Gómez, director de Revista Campo, puso el foco en el papel que juegan estas iniciativas para el sector agroalimentario: «La Cata Nacional de Patata demuestra que la unión entre pueblos productores y empresas como FRUSANGAR es la mejor manera de dar visibilidad a un cultivo tan estratégico. El buen resultado de LA CHULAPONA confirma que la calidad de la patata española sigue creciendo edición tras edición». Una cita consolidada como antesala de Alimagro La II Cata Nacional de Patata volvió a celebrarse como preludio de Alimagro, que tuvo lugar en Xinzo de Limia los días 5 y 6 de septiembre. El certamen, organizado por la Asociación de Pueblos Productores de Patata, contó con la colaboración de Coren, el Concello de Xinzo de Limia y Revista Campo. Con esta segunda edición, el evento reafirmó su objetivo de poner en valor la diversidad varietal de la patata española y reforzar los vínculos entre los distintos territorios productores, entre los que Villamanrique de Tajo y FRUSANGAR, con LA CHULAPONA, dejaron constancia de su buen hacer.
LA CHULAPONA: la patata para compras retail
Cuando un responsable de compras de una cadena de alimentación evalúa qué patata incorporar a su surtido, no busca solo un tubérculo más: busca rentabilidad, trazabilidad y diferenciación en la balda del supermercado. Patatas LA CHULAPONA, de FRUSANGAR, reúne precisamente esos tres factores, respaldados por datos técnicos verificables y por una década de trayectoria en el mercado madrileño. Un producto con certificación que habla el idioma de la calidad En un lineal cada vez más saturado de referencias genéricas, la diferenciación por certificación se ha convertido en un argumento comercial de peso. LA CHULAPONA es la primera patata en conseguir el sello M de garantía de calidad y origen de la Comunidad de Madrid, una distinción que no se otorga de forma automática, sino que exige superar 17 controles analíticos por lote. Estos controles incluyen parámetros muy concretos que cualquier departamento de calidad puede auditar: densidad específica entre 1,080 y 1,095 g/cm³, porcentaje de almidón entre el 18% y el 22%, y niveles controlados de solanina, además de trazabilidad completa desde la semilla hasta el etiquetado final. Para un comprador que debe justificar internamente cada referencia que entra en el surtido, disponer de estos datos objetivos facilita enormemente la negociación con calidad y con el propio consumidor final. Rendimiento medible en cocina profesional y en el hogar Más allá del origen y la certificación, lo que realmente convence a un comprador experimentado son los datos de rendimiento en uso. LA CHULAPONA, gracias a su elevado contenido en almidón (20,3%) y su bajo porcentaje de agua (78%), presenta un comportamiento técnico documentado que resulta especialmente atractivo para el canal HORECA y para el consumidor que cocina en casa. En fritura profesional, absorbe un 23% menos de aceite que las variedades estándar y forma una costra crujiente en apenas 160 segundos, además de mantener la temperatura óptima un 42% más de tiempo. Este dato tiene una traducción económica directa: menor consumo de aceite por ración, lo que reduce costes variables en cualquier cocina industrial o de restauración que trabaje con volúmenes altos. En procesos de batch cooking, cada vez más habituales en colectividades, catering y grandes cocinas centrales, la variedad muestra una resistencia a la sobrecocción hasta un 25% superior a la media, y mantiene un color uniforme tras hasta tres recalentamientos. Para una cadena que abastece a comedores institucionales, hospitalarios o de restauración organizada, esta estabilidad reduce mermas y reclamaciones por calidad inconsistente. También destaca en innovación de texturas: permite elaborar purés con una viscosidad ideal (45.000 cP) y espumas estables sin necesidad de aditivos, lo que amplía su atractivo hacia la gama gourmet y de alta cocina. Logística que reduce mermas y huella de carbono Para un comprador, la eficiencia logística pesa tanto como el producto en sí. LA CHULAPONA se cultiva exclusivamente en la Comunidad de Madrid, en los términos de Villamanrique de Tajo y Fuentidueña de Tajo, dentro de la Comarca de Las Vegas, lo que permite un recorrido campo-mesa de menos de 12 horas y reduce en un 68% las pérdidas por transporte respecto a productos de otras regiones. Esta cercanía no es solo un argumento de sostenibilidad para la etiqueta: tiene un impacto operativo real. Menos tiempo en tránsito significa menos roturas de stock, menos necesidad de conservantes (reducción del 94% frente a productos que recorren distancias mayores) y una vida útil postcosecha de hasta 28 días manteniendo sus propiedades organolépticas intactas. Para la planificación de inventario de una cadena de distribución, estos datos permiten ajustar mejor los pedidos y minimizar el desperdicio alimentario en tienda. Una historia de marca que conecta con el consumidor final El nombre LA CHULAPONA no es casualidad ni ocurrencia de marketing vacía. Rinde homenaje a la zarzuela homónima de Federico Moreno Torroba y, sobre todo, a las mujeres madrileñas que históricamente trabajaron estas tierras. Este relato de origen, unido a la garantía de producto Km 0, resuena especialmente con perfiles de consumidor dispuestos a pagar más por autenticidad y trazabilidad. Los datos de mercado respaldan esta intuición: según el estudio de tendencias de Mercasa de 2025, el 68% de los consumidores premium de la región están dispuestos a pagar hasta un 30% más por productos con sello de denominación madrileña, y el 54% de los consumidores jóvenes valoran especialmente la trazabilidad y el origen Km 0 en sus decisiones de compra. Para un comprador que necesita justificar un precio de venta más alto en el lineal, contar con este tipo de respaldo estadístico facilita enormemente el argumentario comercial frente a la dirección de categoría. Variedad Soprano: la base agronómica del producto Detrás de LA CHULAPONA está la variedad Soprano, seleccionada específicamente por su piel fina, aspecto homogéneo y gran versatilidad culinaria, lo que la convierte en una opción que funciona igual de bien en fritura que en cocción, un requisito indispensable para cualquier referencia que aspire a un consumo masivo y transversal. Los agricultores de la zona destacan que los suelos arcillosos de la comarca ofrecen una piel de gran calidad y producciones elevadas, lo que garantiza un abastecimiento estable durante toda la temporada. La cosecha se realiza además de forma nocturna, una práctica que reduce el estrés térmico del tubérculo, minimiza la producción de solanina y preserva la textura y el sabor durante todo el periodo de comercialización. Este detalle técnico, aparentemente menor, es en realidad uno de los factores que explica por qué la vida útil postcosecha alcanza los 28 días mencionados anteriormente. Formatos pensados para cada canal de venta Desde el punto de vista puramente comercial, LA CHULAPONA está disponible en formatos que cubren tanto el consumo doméstico como el profesional: malla lavada de 3 kg, bolsas de papel biodegradables y cajas a granel de 10 kg. Esta flexibilidad de formatos permite a una cadena de alimentación adaptar el producto a distintos puntos de venta, desde el supermercado de proximidad hasta la sección de frescos de un hipermercado o el canal de restauración organizada. Además, al tratarse de un producto
Patata fermentada: proteína alternativa del futuro
La patata fermentada se está posicionando como una de las materias primas más prometedoras para la próxima generación de proteínas alternativas, aprovechando un subproducto que durante décadas se consideró simple desperdicio industrial. Un residuo que se convierte en oro Cada año, la industria de procesado de patata (chips, congelados, patata prefrita) genera enormes volúmenes de jugo de patata, un líquido que sobra tras extraer el almidón del tubérculo y que tradicionalmente se ha tratado como agua residual, con el consiguiente coste de depuración. Lo que pocos sabían hasta hace poco es que ese jugo contiene una proteína vegetal de altísima calidad, con un perfil de aminoácidos esenciales comparable al de la proteína animal, incluyendo lisina, un aminoácido que escasea en muchas proteínas vegetales tradicionales como la de soja o guisante. Empresas del sector agroalimentario europeo ya han empezado a extraer esta proteína de patata directamente del jugo residual, purificándola para convertirla en un ingrediente funcional apto para batidos proteicos, snacks, panificación y alimentación infantil. El resultado es un subproducto que pasa de ser un problema medioambiental a convertirse en una fuente de ingresos y en un ingrediente diferencial dentro del creciente mercado de proteínas de origen vegetal. La fermentación entra en juego El siguiente paso en esta cadena de innovación es la fermentación, una tecnología que permite transformar los subproductos sólidos de la patata (pieles, recortes, pulpa tras extraer el almidón) en nuevas fuentes de proteína mediante la acción de microorganismos seleccionados. En España, el proyecto REPAG, con la participación del centro tecnológico gallego CETIM, trabaja precisamente en desarrollar un proceso biotecnológico capaz de transformar residuos de la producción de patata en micoproteínas, un tipo de proteína obtenida a partir de hongos filamentosos que fermentan sobre sustratos vegetales. Este tipo de tecnología no es exclusiva de España. En Estados Unidos, la empresa Better Meat Co. ha patentado un método de fermentación que convierte corrientes secundarias del procesado de patata en micoproteína, un ingrediente que ya se está incorporando a productos cárnicos híbridos y alternativas de origen vegetal en el mercado estadounidense. La lógica de fondo es la misma en ambos casos: aprovechar azúcares y nutrientes presentes en los descartes de patata como sustrato para que microorganismos beneficiosos, hongos, bacterias o levaduras, generen biomasa rica en proteína, lista para su uso alimentario. Fermentación de precisión: el siguiente nivel Más allá de la fermentación tradicional, la industria alimentaria europea está apostando fuerte por la fermentación de precisión, una técnica que utiliza microorganismos modificados de forma controlada para producir proteínas específicas de manera mucho más eficiente y escalable que los métodos convencionales. En los Países Bajos, la Bio Fermentation Facility (BFF) ha abierto sus puertas como una planta de acceso abierto pensada para que startups y empresas alimentarias puedan escalar sus procesos de fermentación de precisión sin necesidad de construir sus propias instalaciones industriales desde cero, reduciendo drásticamente el coste y el tiempo de llegada al mercado. Este tipo de infraestructura compartida resulta clave para que ingredientes derivados de la patata, como la proteína extraída de su jugo o las micoproteínas obtenidas por fermentación de sus subproductos, puedan dar el salto de proyecto de laboratorio a producto real en el supermercado. La proximidad geográfica y logística con los grandes procesadores de patata de Europa occidental (Países Bajos, Bélgica, Francia) convierte a esta región en un polo natural para el desarrollo de este tipo de tecnología. Por qué la patata compite bien en la carrera de las proteínas alternativas El mercado de proteínas alternativas lleva años dominado por la soja, el guisante y, más recientemente, los hongos y las algas. Sin embargo, la proteína de patata presenta ventajas competitivas nada desdeñables: se extrae de un subproducto que ya existe en grandes volúmenes (no requiere cultivo adicional de materia prima), tiene buena solubilidad y capacidad espumante, lo que la hace atractiva para la industria de bebidas y repostería, y no está asociada a los alérgenos más comunes como la soja o el gluten. Además, desde el punto de vista de la sostenibilidad, aprovechar subproductos de patata para producir proteína mediante fermentación se alinea directamente con los principios de la economía circular: se reduce el desperdicio alimentario, se disminuye la carga contaminante de las aguas residuales de la industria del procesado y se genera un ingrediente de alto valor añadido a partir de lo que antes era simplemente un coste de gestión. Este argumento resulta cada vez más determinante para los inversores y las políticas europeas de fomento a la bioeconomía, que buscan precisamente ese tipo de soluciones que cierran el ciclo de producción sin generar nuevos impactos ambientales. El consumidor, en el centro de la ecuación Para el consumidor final, todo esto se traduce en una oferta cada vez más amplia de productos etiquetados como «proteína vegetal» o «proteína alternativa» en los que, sin que muchas veces se sepa, la patata puede estar detrás del ingrediente funcional. Bebidas proteicas, barritas energéticas, sustitutos de huevo en repostería o incluso análogos de carne pueden incorporar en su ficha técnica proteína de patata o micoproteína derivada de subproductos de patata, sin que esto reste ni un ápice de eficacia nutricional frente a otras fuentes más conocidas. Esta tendencia responde también a una demanda social creciente: cada vez más consumidores buscan alternativas proteicas que combinen sostenibilidad, ausencia de alérgenos comunes y un origen vegetal claro, sin renunciar a un buen perfil de aminoácidos. La patata, gracias a estos avances en fermentación y extracción, cumple con creces esos tres requisitos, y lo hace además revalorizando un recurso que la propia industria alimentaria genera en abundancia todos los años.argenpapa. El futuro pasa por aprovechar todo el tubérculo Lo que empieza a dibujarse en el horizonte es un modelo de industria de la patata mucho más integral: no solo se aprovecha el tubérculo para consumo directo o para almidón, sino que absolutamente todo su ciclo productivo, desde el jugo residual hasta las pieles y los recortes, se convierte en materia prima para nuevos ingredientes de
Patatas del futuro: contra la sequía y el calor
El campo español ya no puede permitirse el lujo de esperar. Los veranos son cada vez más largos, la lluvia cae cuando no toca y el agua para regar escasea en las zonas donde más se necesita. Ante este panorama, científicos e ingenieros agrónomos llevan años trabajando en algo que suena casi a ciencia ficción, pero que ya es una realidad tangible en los campos de patata españoles: variedades de patata resistentes a la sequía y tolerantes al calor extremo. No hablamos de un capricho de laboratorio. Hablamos de un problema urgente que amenaza uno de los cultivos más importantes del planeta, y de una respuesta que se está fraguando entre invernaderos, fincas experimentales y análisis genéticos a gran escala. Un cultivo con sed La patata siempre ha tenido fama de ser un cultivo agradecido, capaz de crecer en terrenos pobres y sacar adelante cosechas decentes con relativamente poca inversión. Pero esa reputación se está poniendo a prueba. La planta tiene raíces poco profundas y necesita agua de forma constante durante la fase de formación del tubérculo, así que cuando llega una ola de calor combinada con falta de riego, el rendimiento se desploma sin remedio. Investigadores del proyecto europeo ADAPT, financiado por la Unión Europea, lo tienen bien estudiado: han comprobado que el calor extremo, y sobre todo la combinación de calor y sequía a la vez, reduce claramente el crecimiento de los tubérculos y afecta al rendimiento final de la cosecha. El propio proyecto llevó a cabo ensayos con hasta 54 variedades distintas de patata en distintos puntos de Europa, incluida una finca cerca de Valencia gestionada por la empresa holandesa HZPC, con el objetivo de identificar qué genes hacen que unas plantas aguanten mejor que otras. La búsqueda de los genes que aguantan Lo interesante de toda esta investigación es que no se trata simplemente de «probar variedades a ver cuál sobrevive». El enfoque es mucho más fino: se busca entender qué mecanismos biológicos concretos permiten a una planta de patata seguir produciendo tubérculos de calidad aunque el suelo esté seco y el termómetro se dispare. En el Instituto Vasco de Investigación y Desarrollo Agrario (Neiker-Tecnalia), que lleva desde 1933 desarrollando programas de mejora genética de la patata, los científicos estudian distintas variedades para identificar los genes concretos que confieren tolerancia a la sequía, al frío y al calor extremo. La idea de fondo es sencilla de explicar, aunque compleja de ejecutar: si sabes qué gen hace que una planta resista mejor, puedes trabajar con ese material genético para desarrollar nuevas variedades que hereden esa fortaleza. Algo parecido ocurre en Canadá, donde un equipo de investigadores evaluó 384 clones diploides de patata frente a condiciones de sequía, y logró identificar marcadores genéticos de ADN asociados directamente con la tolerancia al estrés hídrico. De ese trabajo salieron más de cien clones prometedores que ahora avanzan hacia fases de selección más avanzadas, con la vista puesta en convertirse en variedades comerciales dentro de unos años. El caso argentino: más rendimiento con menos agua Uno de los avances más llamativos de los últimos años viene de Argentina. Un equipo de la Universidad de Buenos Aires y del CONICET, liderado por el biólogo Javier Botto, consiguió desarrollar plantas de patata modificadas genéticamente capaces de producir hasta un 17% más de tubérculos que las plantas convencionales en condiciones de estrés hídrico moderado. La clave estuvo en potenciar la expresión de una proteína llamada BBX21, que mejora la respuesta de la planta ante la falta de agua: reduce la deshidratación de las hojas, aumenta la producción de clorofila y mejora la fotosíntesis, de modo que la planta aprovecha mucho mejor cada gota de agua que consigue absorber. Este tipo de hallazgo demuestra que no siempre hace falta esperar a cruzar variedades durante generaciones para lograr una patata más resistente. A veces basta con entender bien un solo mecanismo molecular para dar un salto de eficiencia notable en el uso del agua. Variedades que ya existen y aguantan mejor Mientras la ciencia avanza en el laboratorio, en el campo ya hay variedades que están demostrando un comportamiento más firme frente a la sequía. En estudios realizados en Galicia durante varios ciclos de cultivo, las variedades Kennebec y Fontane fueron las que apenas sufrieron cambios en sus características frente a las variaciones climáticas del terreno, destacando por su resistencia frente a la falta de agua. En Andalucía, empresas del sector como Meijer llevan años trabajando en nuevas variedades pensadas específicamente para aguantar mejor la sequía, adaptando el material genético a las condiciones cada vez más exigentes del sur de España. Y a nivel comercial, compañías como PepSur han desarrollado variedades como Tornado o La Strada, pensadas para tolerar climas extremos de sequía y altas temperaturas, con pruebas exitosas realizadas en zonas tan calurosas como Sevilla y Murcia. La compañía holandesa HZPC, uno de los grandes obtentores de semilla de patata a nivel mundial, asegura en sus informes de sostenibilidad que la nueva generación de variedades se comporta cada vez mejor frente a condiciones meteorológicas extremas como la sequía, y que su objetivo es lograr variedades que necesiten cada vez menos agua, menos fitosanitarios y menos fertilizantes. No es una promesa vacía: sus primeras variedades híbridas obtenidas a partir de semilla ya se están probando en zonas de clima muy exigente, como el África subsahariana, con resultados que animan a seguir invirtiendo en esta dirección. De la teoría a la práctica: cómo se hace una patata «a prueba de sequía» Conviene aclarar algo importante: no existe una única fórmula mágica para lograr una variedad resistente a la sequía. Los investigadores trabajan con varias estrategias complementarias. Por un lado está la mejora genética clásica, que consiste en cruzar variedades con buenas características de resistencia con otras que tengan un buen rendimiento comercial, para ir combinando lo mejor de cada una a lo largo de varias generaciones. Este método es lento, pero sigue siendo la base de la mayoría de las nuevas
El nematodo que amenaza la patata española

Un enemigo invisible bajo tierra En muchas zonas productoras de patata en España, los agricultores llevan años viendo cómo sus parcelas rinden menos, aunque sigan abonando y regando como siempre. Las plantas se ven más débiles, el follaje amarillea antes de tiempo y los tubérculos cada vez salen más pequeños y escasos. El problema, en muchos casos, no está en lo que se ve en superficie, sino en lo que ocurre bajo tierra: la presencia del nematodo del quiste de la patata. Este enemigo invisible está formado principalmente por dos especies, Globodera pallida y Globodera rostochiensis. Son pequeños gusanos microscópicos que viven en el suelo y se alimentan de las raíces de la planta. Al hacerlo, limitan la capacidad de la patata para absorber agua y nutrientes, generando lo que muchos técnicos llaman “fatiga del suelo”: un descenso continuo de la producción y de la calidad, aunque aparentemente se haga todo “bien” en la finca. La particularidad más peligrosa de estos nematodos es que forman quistes que pueden permanecer viables durante muchos años, incluso cuando no hay patata en el terreno. Es decir, pueden esperar latentes hasta que vuelve el cultivo, momento en el que se activan de nuevo y reinician el ciclo de daño. Por eso, en muchas explotaciones el problema se arrastra campaña tras campaña. Un impacto que puede ser devastador No estamos hablando de un problema menor. Diversos estudios y la experiencia de campo coinciden en que una infestación fuerte de nematodos del quiste puede reducir la cosecha de patata en un 50 % o más si no se toman medidas de control. En zonas como Sa Pobla (Mallorca), donde la patata extratemprana es un cultivo emblemático, los productores han llegado a alertar de que la plaga pone en cuestión la viabilidad futura del cultivo y que hay parcelas donde el rendimiento se ha desplomado respecto a lo que era habitual. En campañas recientes se han registrado caídas de producción de hasta el 50 % en algunas áreas, con tubérculos mucho más pequeños y menos kilos por hectárea. A esto se suma la reducción del número de fitosanitarios autorizados y las condiciones climáticas adversas, lo que deja a muchos agricultores en una situación muy delicada: más incertidumbre, más costes y menos ingresos. Precisamente por esta combinación de factores, las administraciones han tenido que reaccionar. En Baleares, por ejemplo, el Govern ha impulsado un plan piloto con varios millones de euros de presupuesto para cambiar el modelo agronómico, apostar por la rotación de cultivos y reducir la presión de los nematodos en el suelo. Qué dice la normativa y por qué importa En España existe un programa nacional específico para el control de los nematodos del quiste de la patata. Este programa establece las bases para identificar las zonas afectadas, evitar la propagación de la plaga y aplicar medidas obligatorias de control cuando se declara oficialmente la presencia de estos organismos. Que un terreno se considere “infestado” no es solo una etiqueta. Supone que se activan restricciones: se limita el uso de patata de siembra procedente de esas parcelas, se condiciona la rotación de cultivos y se exige la puesta en marcha de medidas de control supervisadas por la administración. La filosofía que hay detrás es clara: mientras se siga cultivando como si nada, el problema solo irá a peor. Rotación de cultivos: dejar de alimentar al enemigo La primera herramienta, y la más importante, es la rotación de cultivos. Los nematodos del quiste necesitan raíces de patata (u otras solanáceas como el tomate o la berenjena) para alimentarse y reproducirse. Si durante varios años se deja de plantar estos cultivos en una parcela, la población de nematodos se reduce de manera natural. Los planes oficiales recomiendan rotaciones largas sin patata en las parcelas muy afectadas, que pueden llegar a los seis años en los casos más graves. En la práctica, esto significa alternar con cultivos no hospedantes, como cereales (por ejemplo, trigo) u otros cultivos que no sirven de alimento al nematodo. Aunque suponga un esfuerzo y una adaptación en la planificación de la explotación, es una de las vías más efectivas para recuperar suelos agotados. Además, al introducir cultivos distintos se mejora la estructura del suelo, se reduce la presión de otras plagas y enfermedades y se diversifican las fuentes de ingresos de la explotación, lo que resulta beneficioso más allá del problema concreto de los nematodos. Variedades resistentes y ciclos más cortos Otra pieza clave en la estrategia de control es el uso de variedades de patata resistentes o tolerantes a los nematodos del quiste. Algunas variedades incorporan genes que limitan la capacidad del nematodo para multiplicarse dentro de sus raíces, de modo que, aunque haya cierta presencia de la plaga, el impacto sobre la producción es menor. También se recomienda optar por variedades de ciclo más corto, que se recolectan en menos tiempo. Si la patata permanece menos tiempo en el campo, los nematodos tienen menos margen para completar su ciclo de vida y producir nuevas generaciones. Esta estrategia, combinada con la rotación y otras medidas, ayuda a contener la plaga de forma más sostenible. La elección de variedad no puede hacerse de forma aislada. Debe basarse en análisis previos del suelo, en el historial de la parcela y en el asesoramiento técnico, para que la combinación de rotación, variedad y otras prácticas tenga sentido dentro del conjunto de la explotación. Cultivos trampa: engañar al nematodo En los últimos años han ganado protagonismo los llamados cultivos trampa. Se trata de plantas que emiten señales químicas similares a las de la patata en la zona de las raíces. Para el nematodo, esas señales indican que ha llegado su huésped ideal, de modo que sale del quiste y se dirige a infectar esas raíces. La clave está en que, aunque el nematodo entra en esas raíces, no consigue completar su ciclo de reproducción. Es decir, muere sin dejar descendencia. De este modo, una campaña con cultivo trampa puede reducir de forma notable
La futura PAC y el futuro de la patata española

La patata española afronta uno de los momentos más decisivos de su historia reciente, justo cuando la Unión Europea negocia la Política Agraria Común (PAC) 2028-2034, un marco que podría determinar si este cultivo sigue perdiendo peso o logra revertir su declive estructural. Un sector bajo presión El consumo de patata fresca en España lleva varios años en caída sostenida. En 2024 la demanda retrocedió un 2,8% respecto al año anterior, situándose un 11% por debajo de la media de los últimos cinco años. La tendencia no se ha corregido: entre enero y julio de 2025 el consumo volvió a bajar un 1% adicional, y los datos del primer semestre de ese mismo año confirman un descenso del 2,4% en el volumen de patata consumida en los hogares españoles, hasta los 406 millones de kilogramos. A esto se suma un encarecimiento notable del producto: la patata fresca es una de las categorías de alimentación que más ha subido de precio en la última década, llegando prácticamente a duplicar su valor. La combinación de menor consumo y mayor precio ha generado lo que FEPEX (Federación Española de Asociaciones de Productores Exportadores de Frutas, Hortalizas, Flores y Plantas Vivas) califica como un problema estructural, vinculado a la falta de organización sectorial, la presión regulatoria y la pérdida de confianza del consumidor. La campaña 2026 refleja esta incertidumbre. Según datos del Ministerio de Agricultura, en 2025 la superficie sembrada de patata creció un 9,2%, hasta las 66.566 hectáreas, pero la producción no aumentó en la misma proporción debido a una climatología muy irregular. De cara a la próxima campaña, el sector anticipa un nuevo ajuste a la baja: se espera una reducción de unas 3.000 hectáreas en patata nueva, y recortes adicionales en las variedades de media y tardía estación, motivados por los bajos precios registrados en 2025. El «patito feo» de la horticultura española Para entender por qué la futura PAC es tan relevante para el sector, hay que remontarse a una decisión que marcó un antes y un después: la exclusión de la patata del régimen de ayudas sectoriales de Frutas y Hortalizas en la PAC 2023-2027. Mientras que el resto de hortalizas españolas puede constituir organizaciones de productores y acceder a un fondo operativo específico para financiar inversiones, la patata quedó fuera de ese mecanismo, convirtiéndose, según medios especializados del sector, en el «patito feo» de la horticultura nacional. Esta exclusión no es un detalle menor. Significa que, a diferencia de productos como el tomate, el pimiento o la cebolla, los productores de patata no cuentan con las mismas herramientas de cofinanciación europea para modernizar sus explotaciones, mejorar la comercialización conjunta o desarrollar campañas de promoción sectorial. En un contexto de consumo a la baja y costes de producción al alza, esta desventaja competitiva estructural pesa cada vez más. ¿Qué cambia con la PAC posterior a 2027? La Comisión Europea presentó el 16 de julio de 2025 su propuesta para el nuevo Marco Financiero Plurianual (MFP) y la PAC que se aplicará entre 2028 y 2034. Se trata de una reforma de gran calado que introduce varios cambios estructurales relevantes para el sector agrario español: Fusión de los dos pilares tradicionales de la PAC (FEAGA y FEADER) en un marco único y más flexible, eliminando duplicidades administrativas. Presupuesto garantizado de ayudas a la renta de 295.700 millones de euros para todo el periodo 2028-2034, una cifra similar a los pagos directos actuales pero que incorpora medidas adicionales antes financiadas por el segundo pilar. Nuevo Fondo de Asociación Nacional y Regional (PNR), dotado con 865.000 millones de euros, que los Estados miembros podrán utilizar para financiar el resto de medidas agrícolas, de cohesión y de desarrollo rural, aunque sin un presupuesto específico garantizado. Mayor flexibilidad para los Estados miembros, que ya no estarán obligados a reservar un presupuesto mínimo para jóvenes agricultores o medidas medioambientales, algo que antes sí era exigido por Bruselas. Simplificación del sistema de pagos por superficie, con una reforma que prioriza a explotaciones familiares, pequeñas y de jóvenes agricultores, reduciendo el apoyo a las grandes explotaciones mediante mecanismos de limitación y degresividad. Etiquetado de origen y refuerzo de la agricultura local, incluyendo la priorización de productos de la UE en los programas escolares de distribución de frutas, hortalizas y lácteos. El Parlamento Europeo, a través de un informe de iniciativa propia aprobado por la Comisión de Agricultura y Desarrollo Rural (cuya ponente es la eurodiputada española Carmen Crespo Díaz), ha pedido que el presupuesto de la PAC se mantenga independiente y reforzado, con un segundo pilar fuerte, y que se incremente el apoyo a explotaciones familiares y a agricultores jóvenes. Esta votación estaba prevista para el periodo parcial de sesiones de septiembre, por lo que el resultado final de la negociación aún está por definirse. La gran reivindicación del sector: incluir la patata en las intervenciones sectoriales En este contexto de reforma, el sector patatero español ha identificado una prioridad clara: lograr que la futura PAC incluya a la patata dentro de las intervenciones sectoriales, algo que no ha ocurrido en el marco vigente. Alfonso Sáenz de Cámara, presidente del Comité de Patata de FEPEX y director de UDAPA, ha reiterado esta demanda en distintos foros del sector, señalando que la mejora de la competitividad del cultivo pasa necesariamente por esa inclusión. Durante la jornada «Planificación y futuro de la producción de patata en Castilla y León», celebrada en Tordesillas (Valladolid), Sáenz de Cámara insistió en que el sector necesita organizarse mejor y ser más visible, y reclamó una regulación de fitosanitarios más equilibrada, evitando prohibir productos mientras no existan alternativas realmente eficaces. También pidió acelerar la llegada al mercado de nuevas soluciones fitosanitarias que no se limiten únicamente al biocontrol, sino que incluyan sustancias activas de origen sintético y tecnologías emergentes. La inclusión en las intervenciones sectoriales no es solo una cuestión simbólica. Permitiría a los productores de patata constituir organizaciones de productores reconocidas, acceder a fondos operativos cofinanciados por la
Agricultura en la Comunidad de Madrid

Cuando se piensa en Madrid, casi nadie imagina campos de patatas, tractores al amanecer o agricultores que llevan generaciones cuidando la misma tierra. Sin embargo, a menos de una hora de la Puerta del Sol existe un campo madrileño vivo, con retos serios pero también con proyectos que demuestran que todavía es posible construir futuro desde la tierra. Uno de esos proyectos es Patatas LA CHULAPONA, la iniciativa que FRUSANGAR puso en marcha en 2015 y que hoy, una década después, se ha convertido en un símbolo de lo que puede lograr una empresa comprometida con su territorio. El campo madrileño: entre la tradición y la presión urbana La Comunidad de Madrid no es solo una gran urbe: también es una región agrícola con más de 3.850 agricultores y ganaderos y unas 330.000 hectáreas de superficie agraria útil, según los últimos datos oficiales de la propia administración regional. El sector agroalimentario madrileño combina explotaciones tradicionales con nuevas apuestas productivas, y sigue desempeñando un papel clave en la conservación del paisaje, la biodiversidad y la actividad económica ligada al entorno rural. Pero el panorama no está exento de dificultades. La cercanía a la capital, que en muchos aspectos podría ser una ventaja comercial, también genera una fuerte presión sobre el precio del suelo, que no deja de subir y que dificulta la incorporación de nuevas generaciones al campo. A esto se suma el reto de la rentabilidad: muchos trabajadores del sector denuncian que los márgenes se han estrechado tanto que resulta cada vez más difícil vivir exclusivamente de la agricultura en la región. El propio consejero de Agricultura de la Comunidad de Madrid ha advertido públicamente de que ciertas políticas europeas, con sus condicionantes normativos, pueden poner en riesgo la producción de alimentos a precios razonables, lo que a su vez favorece el abandono rural y reduce la competitividad de los productos madrileños frente a otras regiones. Es un contexto en el que el relevo generacional se ha convertido en una prioridad institucional: solo en los primeros cuatro meses de 2025, la Comunidad de Madrid agotó los 2,5 millones de euros destinados a ayudas para la incorporación de jóvenes agricultores y ganaderos de entre 18 y 40 años. Esta cifra es reveladora en dos sentidos: demuestra que existe demanda e interés por parte de las nuevas generaciones para incorporarse al sector, pero también confirma que sin apoyo estructural, público y privado, el campo madrileño difícilmente puede sostenerse por sí solo. Un cultivo que ha cambiado con los tiempos La fisonomía de la agricultura madrileña también ha evolucionado. Mientras que tradicionalmente destacaban el viñedo y el cereal, en los últimos años han ganado terreno cultivos como el pistacho y el almendro, mientras que la producción vitícola desciende de forma sostenida. Este cambio refleja una búsqueda de rentabilidad y adaptación a un clima cada vez más cambiante, pero también pone de manifiesto la necesidad de diversificación productiva y de encontrar nichos donde el producto madrileño pueda diferenciarse con claridad. Es precisamente en ese contexto donde cobran sentido proyectos como el de la patata de Km0, que apuestan por un cultivo tradicional pero reinventado con tecnología, trazabilidad y una estrategia de marca sólida. La Comunidad de Madrid mantiene programas activos de innovación agroecológica, reuniendo a equipos de investigación para desarrollar prácticas más sostenibles y rentables en el medio rural, una línea de trabajo con la que proyectos como el de FRUSANGAR están perfectamente alineados. ¿Por qué el campo necesita empresas que apuesten por el campo madrileño? La agricultura no se sostiene solo con vocación: necesita estructura, inversión, logística y, sobre todo, mercado. Aquí es donde entra el papel decisivo de empresas privadas comprometidas con el territorio. No basta con que un agricultor cultive un buen producto; alguien tiene que dar salida comercial a esa cosecha, garantizar su calidad, transportarla en condiciones óptimas y contar su historia de forma que el consumidor entienda por qué merece la pena elegirla frente a alternativas más baratas de otras regiones. Ese es exactamente el rol que ha asumido FRUSANGAR, una empresa familiar con más de tres décadas de experiencia en el cultivo, procesamiento y distribución de patatas, con sede en Navalcarnero y una filosofía centrada en la calidad, la trazabilidad y el trato directo con agricultores comprometidos con el medio ambiente. Su ubicación estratégica, su flota propia y su capacidad de entrega en 24 horas le permiten sostener un modelo de negocio que no solo beneficia a la empresa, sino que da estabilidad real a los productores locales con los que trabaja. Cuando una compañía de este tipo decide impulsar un proyecto de producto local con identidad propia, el impacto va mucho más allá de la venta de un alimento: se traduce en empleo fijo en el territorio, en relaciones de confianza a largo plazo entre agricultores y distribuidores, y en la construcción de un relato que dignifica el trabajo rural madrileño. LA CHULAPONA: más de diez años demostrando que es posible El mejor ejemplo de este modelo es Patatas LA CHULAPONA, un proyecto nacido en 2015 de la mano de FRUSANGAR, con el objetivo de ofrecer una patata de temporada cien por cien madrileña. Su nombre, inspirado en la tradición castiza y en las mujeres madrileñas que históricamente trabajaron estos campos, no es un detalle menor: es una declaración de identidad territorial que conecta con la cultura popular de la región. El proyecto seleccionó los campos de Villamanrique de Tajo y la Comarca de Las Vegas, elegidos por su suelo arcilloso y su clima mediterráneo, ideales para un cultivo de alta calidad. Desde la siembra hasta la cosecha, LA CHULAPONA combina métodos tradicionales con tecnología de precisión, garantizando una producción sostenible y una trazabilidad absoluta. Sostenibilidad como motor, no como discurso La apuesta por el Km0 no es solo una estrategia de marketing: tiene un impacto ambiental medible. Al reducir drásticamente las distancias de transporte, LA CHULAPONA disminuye las emisiones de CO₂ asociadas a la logística, evita el uso de antigerminantes
El microbioma de la patata: los invisibles guardianes de su frescura

¿Sabías que la patata que tienes en tu cocina lleva consigo miles de millones de microorganismos invisibles que, en silencio, deciden cuánto tiempo durará antes de brotar? La ciencia lleva años estudiando el microbioma humano, esa comunidad de bacterias que vive en nuestro intestino y que tanto influye en nuestra salud, pero ahora los investigadores están descubriendo que los tubérculos como la patata también tienen su propio ecosistema microbiano. Y es mucho más fascinante de lo que cualquiera podría imaginar. La patata no está sola: un universo en su piel Cuando una patata sale del campo tras la cosecha, no llega limpia en sentido microbiológico. Su piel, la peridermis, es el hogar de una comunidad compleja de bacterias, hongos y otros microorganismos que la han acompañado desde que era un pequeño tubérculo bajo tierra. Esta comunidad, conocida como microbiota postcosecha de la patata, no es aleatoria: su composición depende del tipo de suelo donde se cultivó, de la variedad de la planta e incluso del momento de la cosecha. Durante décadas, la industria alimentaria y los investigadores se centraron casi exclusivamente en los agentes patógenos, los microorganismos «malos» que pudren la patata o provocan enfermedades, y en cómo eliminarlos. Pero los avances recientes en secuenciación genética de nueva generación han abierto una puerta completamente nueva: ahora podemos leer, como si fuera un libro, qué bacterias viven en el interior y en la piel del tubérculo, y qué papel juega cada una en su vida útil postcosecha. El hallazgo es revolucionario: algunas de esas bacterias no son enemigas de la patata. Son sus aliadas. Trabajan de forma natural para mantenerla en estado de dormancia, ese período de «hibernación biológica» durante el cual el tubérculo no brota, no se deteriora y conserva todo su valor nutritivo y comercial. ¿Qué es la dormancia y por qué es tan importante? Para entender la importancia del microbioma, primero hay que comprender qué es la dormancia del tubérculo. Después de ser cosechada, la patata entra en un estado fisiológico de reposo profundo en el que sus yemas, los «ojos» que todos conocemos, no crecen, aunque las condiciones ambientales sean favorables para ello. Este período de latencia dura, en condiciones naturales, entre dos y tres meses dependiendo de la variedad. Pasado ese tiempo, la patata empieza a brotar, lo que supone un problema grave: los brotes consumen los almidones y nutrientes del tubérculo, reducen su peso, alteran su textura y, en el caso de las patatas para procesado industrial (chips, snacks, patata precocida), arruinan la calidad del producto final. El control de la brotación es uno de los grandes retos de la industria patatera a nivel mundial. La FAO estima que hasta el 25,3% de los tubérculos y raíces producidos globalmente se pierden entre la cosecha y los puntos de venta, una cifra que incluye el deterioro por brotación prematura, pudrición y pérdida de humedad. En el Reino Unido, por ejemplo, se calculó que el 17% de la producción anual de patata, unas 77.000 toneladas, se perdía anualmente por brotación prematura y pudrición durante el almacenamiento. Estas pérdidas no son solo un problema económico para los productores: también tienen un impacto medioambiental enorme. Cada patata desperdiciada arrastra consigo toda la huella hídrica, energética y de carbono que supuso cultivarla, cosecharla y transportarla. El adiós al CIPC: cuando la química deja un hueco Durante décadas, el problema de la brotación se resolvió con química. El producto estrella era el CIPC (clorprofam), un inhibidor de la brotación que funcionaba interfiriendo en la división celular de las yemas. Era barato, eficaz y se utilizaba en todo el mundo: en Europa, Estados Unidos y prácticamente cualquier país con producción industrial de patata. Sin embargo, en 2019 la Comisión Europea decidió no renovar la autorización del CIPC al detectar evidencias de que podía ser tóxico y potencialmente cancerígeno para las personas. La prohibición entró en vigor el 1 de enero de 2021, dejando al sector europeo de la patata, incluido el español, ante uno de sus mayores desafíos en décadas: ¿cómo controlar la brotación sin el producto que funcionaba mejor? La industria respondió explorando alternativas. Las más utilizadas actualmente son el aceite de menta (comercializado bajo marcas como BIOX-M), el 1,4-dimetilnaftaleno (1,4-DMN), un compuesto presente de forma natural en la propia patata, el gas etileno y la hidrazida maleica, que se aplica antes de la cosecha. Cada una de estas opciones tiene ventajas e inconvenientes: el aceite de menta, por ejemplo, es natural, no deja residuos y puede usarse incluso en producción ecológica, pero requiere aplicaciones frecuentes (aproximadamente cada 21 días) y condiciones específicas de almacenamiento. Pero existe una tercera vía, más innovadora y sostenible. Una que no viene de un laboratorio químico, sino de la propia naturaleza de la patata. El microbioma como inhibidor natural: lo que descubrieron los científicos En 2021, un equipo de investigadores del Instituto Austriaco de Tecnología (AIT) publicó un estudio que cambió la perspectiva sobre cómo se puede controlar la brotación de la patata. La pregunta que se plantearon era sencilla pero profunda: ¿podría la comunidad bacteriana que vive dentro del tubérculo influir en cuánto tiempo tarda en brotar? Para responderla, cultivaron cuatro variedades de patata (Agata, Fabiola, Hermes y Lady Claire) en cinco tipos de suelo distintos y monitorizaron lo que ocurría dentro del tubérculo durante todo el almacenamiento, utilizando secuenciación del gen ARNr 16S, una técnica que permite identificar con precisión qué bacterias están presentes y en qué proporción, sin necesidad de cultivarlas en laboratorio. Los resultados fueron sorprendentes. Las mismas variedades de patata, cultivadas en suelos diferentes, brotaban en momentos distintos: en la variedad Fabiola, el tiempo hasta la brotación variaba entre 135 y 169 días dependiendo del suelo de origen, una diferencia de más de un mes. Y esta diferencia no se explicaba por los parámetros químicos del suelo, pH, contenido en potasio o fósforo, sino por la composición microbiana que el suelo transmitía a los tubérculos. La comunidad bacteriana de la patata no permanecía estática durante
Patata madrileña frente a patata importada

En los últimos meses de 2025 y los primeros de 2026, cualquier responsable de compras del canal Horeca o de la distribución alimentaria en Madrid ha tenido en algún momento delante de sí la misma decisión: ¿patata española —o madrileña— a un precio más alto, o patata importada de Francia, Egipto o Israel a un precio aparentemente más competitivo? La respuesta habitual ha sido mezclar ambas en función de disponibilidad y precio. Es una decisión comprensible, pero no siempre bien informada. Porque la diferencia entre una patata nueva de la Comunidad de Madrid y una patata vieja de conservación de origen francés —que en 2026 sigue copando el 80% de los mercas españoles según datos del sector— no es solo de etiqueta ni de kilómetros recorridos. Es una diferencia que afecta directamente al resultado en cocina, a la seguridad alimentaria de las elaboraciones y, en consecuencia, a los costes reales del negocio. Con la temporada 2026/2027 de La Chulapona a punto de comenzar a principios de julio, este artículo analiza con rigor qué hay detrás de esa diferencia y por qué el comprador profesional debería tenerla en cuenta antes de cerrar su próximo pedido. El mercado en 2026: mucha patata importada, muchas dudas de calidad Lo que ha pasado este año en el sector La campaña de patata en España arranca en 2026 con menos superficie sembrada que en 2025 en las dos principales regiones productoras: Andalucía reduce cerca de un 5% sus hectáreas y Castilla y León podría recortar entre un 10% y un 15% respecto a las 50.000 hectáreas plantadas el año anterior. La causa directa es la temporada anterior: los precios ruinosos que los agricultores recibieron en 2025 como consecuencia de las importaciones masivas de patata vieja de Francia que inundaron el mercado español. El resultado de esa situación fue paradójico. España tenía mercas llenos de patata, pero de una patata que llevaba meses en cámara frigorífica tras una cosecha europea de superproducción. Una patata que, al freírse, alcanza niveles de acrilamida muy por encima de los recomendados por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), según denunció públicamente Marco Román, presidente de la sectorial de patata de Asociafruit, en mayo de 2026. Sus palabras fueron claras y directas: «El que venda una patata francesa en España es porque allí sobran. Deberían tirarlas al ganado». No es una afirmación comercial interesada. Es una advertencia técnica con respaldo normativo. Y el comprador profesional que trabaja con esta patata —muchas veces sin saberlo— está asumiendo un riesgo que no aparece en el precio del kilo. El problema de la acrilamida en patata vieja: lo que debe saber el profesional La acrilamida es un compuesto químico que se forma de manera natural cuando alimentos ricos en almidón —como la patata— se cocinan a temperaturas superiores a 120-170 ºC en condiciones de baja humedad: fritura, horneado, asado. La EFSA la ha clasificado como genotóxica y carcinógena, y la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer (IARC) la sitúa como «probable carcinógeno en humanos». La cantidad de acrilamida que se forma en la fritura no depende solo de la temperatura o el tiempo de cocción. Depende en gran medida de la cantidad de azúcares reductores —glucosa y fructosa— presentes en el tubérculo antes de cocinarlo. Y aquí está el problema central: las patatas que han permanecido meses en cámara de conservación, como las patatas francesas de la cosecha 2025 que aún circulan por el mercado en 2026, acumulan azúcares reductores como resultado del proceso de envejecimiento y del estrés por almacenamiento prolongado. Una patata nueva de temporada, recién cosechada, tiene un perfil de azúcares reductores significativamente más bajo que una patata vieja de conservación. Eso se traduce en una fritura de color dorado uniforme, sin oscurecimiento excesivo, con menor formación de acrilamida y con un resultado visual y organoléptico que cumple los estándares exigidos por la normativa europea (Reglamento UE 2017/2158) y las inspecciones de sanidad en establecimientos de hostelería. Para una cocina profesional que fríe patata a diario —sea en freidora, en horno o en otras preparaciones a alta temperatura— el origen y el estado del producto no es un detalle gastronómico: es un parámetro de seguridad alimentaria con implicaciones normativas directas. La patata madrileña: qué la hace diferente Una patata de temporada y de kilómetro cero La patata nueva de la Comunidad de Madrid tiene características que la diferencian de la patata de conservación importada desde su propio ciclo de vida. Se trata de un producto estacional: se siembra en primavera, se cosecha entre julio y septiembre, y llega al comprador en el período inmediatamente posterior a la recolección, sin pasar por cámaras de conservación prolongada. La proximidad entre el campo y el punto de distribución es otra ventaja operativa real. En el caso de La Chulapona, la patata se cosecha por la noche —para mantener una temperatura más baja que preserve sus propiedades naturales— y se envasa y distribuye al día siguiente. El tiempo entre la recolección y la recepción en el cliente se mide en horas, no en días ni semanas. Eso se traduce en mayor frescura, mayor vida útil residual en el punto de destino y un perfil técnico que no ha sido alterado por el almacenamiento prolongado. Los agricultores que cultivan la patata madrileña trabajan con fertilizantes orgánicos y sin el uso de anti-germinantes, lo que es relevante para establecimientos que trabajan con clientes sensibles a este tipo de tratamientos postcosecha o que atienden a segmentos que valoran las garantías de producción. El sello M: la primera patata con garantía oficial de origen madrileño La Chulapona es la única patata que cuenta con el sello M Producto Certificado de la Comunidad de Madrid. Este sello, creado en 2014 por la Comunidad de Madrid y que hoy agrupa más de 505 empresas y 4.143 referencias agroalimentarias de la región, no es simplemente una etiqueta de origen: es una certificación oficial que garantiza que el producto ha sido producido o elaborado en la Comunidad